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    El ratón utopista

    Dibujos Animados, Comunismo, Utopías

    El ratón utopista

    Detrás de una primera lectura de El aprendiz de brujo descubrimos otros
    significados

    Manuel Pereira, México DF | 11/01/2012

    Un ratón recorre el mundo: el ratón de la Utopía. Aparece en El aprendiz
    de brujo, de Walt Disney. El origen de esta secuencia se remonta a un
    relato de Luciano de Samosata escrito hace dieciocho siglos. En su obra
    titulada Philopseudés, un mago egipcio se muestra capaz de dar vida a
    los objetos inanimados para ponerlos a su servicio. Inspirándose en esa
    sátira, Goethe escribió a finales del siglo XVIII su poema "Der
    Zauberlehrling", magistralmente musicalizado cien años después por el
    compositor francés Paul Dukas.

    En 1940 Walt Disney sintetizó toda esa herencia regalándonos lo que, a
    primera vista, parece un divertimento destinado al público infantil. Sin
    , El aprendiz de brujo atesora mucho más que eso, pues detrás de
    la entretenida fábula descubrimos otros significados, una segunda
    lectura, como en un palimpsesto.

    En realidad, lo que vemos en pantalla es el rotundo fracaso de la
    utopía. En rigor, se trata de una distopía. Recordemos y glosemos esta
    historia contada por Disney en Fantasía.

    Un viejo brujo parecido a Merlín hace hechicerías en su castillo. El
    ratón Miquito —que es su sirviente o ayudante— lo observa de reojo,
    temeroso, mientras acarrea . El druida bosteza y se retira a dormir
    no sin antes quitarse el sombrero mágico. El ratón enseguida corre a
    ponerse el sombrero. Quiere imitar a su amo, pero ignora que no basta
    para ello con ponerse un sombrero.

    Aquí vemos el afán de igualdad, que es el tópico utópico más típico. La
    búsqueda obsesiva de la igualdad nace de la envidia social. Por ese
    camino se llega pronto a un igualitarismo por decreto que pretende
    igualarnos a la baja, como en el Lecho de Procusto, donde todos tienen
    que encajar en la misma medida. A la corta o a la larga, toda utopía
    deviene "procustopía".

    En Cuba, durante más de medio siglo, el Gobierno ha proclamado grandes
    éxitos en materia de igualitarismo. ¿Cuál ha sido el resultado? ¿Adónde
    ha conducido todo eso? A desigualdades cada vez más escandalosas. Baste
    un ejemplo, el de la doble moneda, que establece un apartheid,
    convirtiendo a los cubanos en ciudadanos de segunda.

    En realidad, lo único que puede igualarnos es la muerte, de manera que
    todo lo que aspire a emparejarnos es preludio de muerte. De ahí que la
    consigna "Socialismo o Muerte" sea una redundancia.

    En otra fábula distópica (Rebelión en la granja), Orwell sentenciaba:
    "Todos somos iguales, pero unos somos más iguales que otros".

    Ahí radica el mayor error de los utopistas. No quieren admitir las
    asimetrías que saltan a la vista por doquier en la naturaleza, niegan la
    diversidad en los seres humanos y promueven la aniquilación del
    individualismo, todo lo cual, tarde o temprano, los lleva a estrellarse
    contra el muro de la realidad.

    La promesa de abolir las desigualdades sociales es la hoguera donde arde
    la lucha de clases que los utopistas atizan echándole más leña al fuego.

    Ni corto ni perezoso, Mickey Mouse empieza a ejercer la telequinesia
    sobre una escoba, que enseguida cobra vida. Entonces le ordena que
    cargue unos baldes y haga su trabajo por él. La escoba va y viene desde
    la fuente del patio hasta un estanque dentro del castillo, donde
    descarga los cubos.

    Ahora el ratón se siente tan poderoso como su amo. Hasta aquí todo ha
    salido a pedir de boca. Se arrellana en un butacón desde donde, moviendo
    los dedos, sigue impartiendo órdenes a la escoba esclava. De pronto, se
    queda dormido.

    El ratón Miquito empieza a soñar, que es lo que mejor saben hacer los
    utopistas. Se eleva impartiendo órdenes a las estrellas. Congrega y
    moviliza los cuerpos celestes: meteoritos, cometas, soles, planetas. El
    cosmos se rinde ante su ímpetu fáustico. Chocan los astros, caen lluvias
    de polvo estelar, se encrespan las olas, estallan rayos y tormentas. El
    ratón está jugando a ser dios, ya domina el universo.

    Lo que vemos aquí es la arrogancia y la megalomanía de los dirigentes
    comunistas. Después de tantos años en el poder, sin que nadie los
    critique, sin prensa libre ni opositores, solo rodeados de adulones que
    les arrullan lo que ellos quieren oír, hasta cierto punto es lógico que
    terminen endiosándose.

    Mientras sueña, Mickey Mouse no advierte que ha provocado una
    inundación. Su silla empieza a flotar en medio del aluvión. Se cae de la
    butaca y casi se ahoga. Solo entonces despierta. Empapado y perplejo,
    descubre que la escoba ha seguido trayendo agua mientras él dormía.
    Trata de detenerla, pero ésta sigue trabajando sin parar.

    Tras abrir la Caja de Pandora, las fuerzas que ha desencadenado son
    incontenibles. No sabe cómo controlarlas, no sabe corregir la
    imprudencia que ha cometido al tratar de imitar al Viejo Gran Maestro,
    no tiene ni la más remota idea de cómo enmendar el desaguisado que ha
    perpetrado por querer transformar la realidad a su antojo.

    Esta escena simboliza el momento en que los gobernantes comunistas
    descubren que sus arcas están vacías, o se percatan de que, a su vez, la
    potencia que los subvencionaba también está en bancarrota y ha dejado de
    enviar sus generosos subsidios.

    El amargo despertar de los utopistas, después de tantos años de sueños
    delirantes y experimentos absurdos, equivale a la frase de Raúl Castro:
    "O rectificamos o ya se acaba el tiempo de seguir bordeando el
    precipicio, nos hundimos, y hundiremos (…) el esfuerzo de generaciones
    enteras."

    Al ver que la escoba ya no se detiene, desesperado, Mickey Mouse coge un
    hacha y la hace añicos. Aliviado, está convencido de su éxito. Aquí
    tenemos otro rasgo inconfundible de los utopistas: no ver la realidad
    como es, sino como les gustaría que fuera, o sea, confundir la realidad
    con el deseo.

    Súbitamente las astillas, los leños de la escoba, empiezan a vibrar y a
    cobrar vida. Este es el resultado que aguarda a los utopistas, tan
    amigos de aplicar soluciones tajantes para problemas complejos que
    requieren sentido común, sabiduría y grandes dosis de pragmatismo.

    Caerle a hachazos a la escoba implica , represión. Así
    reaccionan los utopistas cuando algo no les gusta: simplemente lo
    destruyen. Al destrozar la escoba desobediente, lo único que ha
    conseguido el ratón es una abrumadora multiplicación, pues cada leño y
    cada astilla vibrante se convierten rápidamente en otras tantas escobas.

    Aquí también percibimos otro síntoma del deterioro utopista: el
    incremento de la empleomanía estatal inherente a las economías
    centralizadas y planificadas al estilo soviético. La multiplicación de
    las escobas es una metáfora de las plantillas infladas que, en momentos
    de apuro, los gobernantes utopistas deciden desinflar recurriendo a esa
    práctica tan capitalista que son los despidos masivos.

    La multiplicación de las escobas también nos recuerda la frase del
    comandante Ramiro Valdés: "las masas… no pueden esperar que papá Estado
    venga a resolverles y como los pichones: abre la boca que aquí tienes tu
    comidita."

    Muy pronto esas "masas" de escobas seguirán su marcha implacable hacia
    la casa, volcando allí más cubos de agua. El castillo se inunda. El
    ratón está angustiado, no conoce la fórmula mágica para deshacer el
    hechizo y detener aquella locura que no es sino la utopía en su apogeo.
    Estas cosas suceden cuando los despropósitos, improvisaciones y
    voluntarismos se han acumulado hasta estallar en las narices de estos
    "magos" de la ingeniería social.

    Mickey Mouse trata de sacar agua con un cubo, la arroja por una ventana,
    pero por cada cubazo que él lanza hacia afuera, cientos de escobas
    derraman sus cubos dentro de la casa anegada.

    Esta especie de ratoncito Pérez, que se cayó en la olla por la golosina
    de la cebolla, ahora se ahoga ("nos hundimos, y hundiremos", Castro II
    dixit). Flotando sobre un grimorio, gira en un remolino de agua que lo
    arrastra a las oscuras profundidades. Es como Mao-Tsé-tung nadando en el
    río Yangtsé con su Libro Rojo a guisa de balsa.

    El ratón utopista hojea frenéticamente el libro de ciencias ocultas
    propiedad de su amo, busca alguna fórmula mágica capaz de impedir el
    naufragio. Diríase que es un comunista leyendo por primera vez a Adam Smith.

    Pero las escobas siguen en su actividad arrolladora. Mickey se ahoga
    irremediablemente, no encuentra el conjuro adecuado en el libro, no sabe
    leerlo, no lo entiende o no tiene tiempo para consultarlo cuidadosamente.

    ¿Qué son las consignas de los utopistas —vociferadas y repetidas como
    mantras— sino ensalmos recitados en voz alta ante las multitudes para
    conjurar peligros, tratar de influir sobre la realidad y cambiarla
    mágicamente? Una consigna milagrosamente eficaz es lo que busca en vano
    el ratón Miquito.

    De pronto aparece el Mago —el de verdad—. Al regresar del dormitorio,
    descubre el caos imperante en la sala de su castillo. Levanta las manos
    y, con un par de gestos, parte en dos las aguas, como hizo Moisés cuando
    levantó su vara abriendo un camino seco en medio del Mar Rojo para que
    el pueblo judío pudiera atravesarlo.

    Esas manos alzadas y la separación de las aguas nos remiten a Egipto,
    donde transcurre el relato original y donde vivió Luciano de Samosata al
    final de su vida.

    El báculo de Moisés que separa las aguas del Mar Rojo es el mismo que él
    ya había convertido en serpiente en otro pasaje de la Biblia. Los magos
    egipcios también sabían transformar sus bastones en serpientes.

    En esas transmutaciones de cayado en reptil ya estaba presente la idea
    de animar lo inanimado, que viene desde la creación de Adán a partir del
    barro. En uno de los Apócrifos del Nuevo Testamento, el niño Jesús hace
    pajaritos de barro que luego echa a volar. Por su edad, en aquel
    entonces el hijo del carpintero vivía en Egipto. Los hebreos aprendieron
    mucho de los egipcios, no solo el monoteísmo de Akhenatón. Los papiros
    mágicos egipcios hablan de estatuillas de terracota usadas en rituales
    de nigromancia que tienen más de tres mil años de antigüedad.

    Lo inerte cobrando vida no podía faltar en la mitología clásica
    (Hefesto, Pandora, Prometeo, Pigmalión…). Ese mismo principio
    taumatúrgico, con ligeras variaciones, se prolonga en la leyenda
    medieval del Golem, en el homúnculo alquímico de Paracelso, en el
    Frankenstein de Mary Shelley y en el Pinocho de Collodi. Más tarde
    continuará con los robots de Karel Capec y los de Asimov, con el
    androide que suplanta a María en Metrópolis, con las Muñecas Eléctricas
    del futurista Marinetti y con los replicantes de Blade Runner.

    Tanta imaginación desenfrenada es razonable —y aun recomendable— cuando
    está concebida con fines literarios, artísticos, místicos o religiosos,
    pero no cuando sus propósitos son económicos, sociales y políticos.

    Allan Kardec y sus seguidores pueden disfrutar todo lo que quieran con
    sus mesas giratorias, pero cuando eso desemboca en la Mesa Redonda de la
    Televisión Cubana… ¡apaga y vámonos!

    Cuando Marx, en la Crítica del programa de Gotha, dice: "De cada cual,
    según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades" pretende ni más
    ni menos que la escoba barra sola y que, además, cargue los cubos de agua.

    Cuando el Che Guevara inventó el trabajo voluntario, la emulación
    socialista y los estímulos morales como formas de aumentar la
    producción, reincidió en el error incurriendo en otro frustrado acto de
    magia.

    En ambos casos, se trata de que lo inmaterial (lo moral) actúe sobre lo
    material, transformándolo e incluso creándolo. Lo que se busca es que lo
    invisible (estímulos morales) sustituya a lo visible (incentivos
    materiales) en las actividades productivas.

    Esa falta de realismo económico es la kryptonita de los utopistas.
    Tantos delirios teóricos, y la obstinación de ponerlos en práctica,
    equivalen al intento de infundirle vida a un trozo de barro con tan solo
    un soplo divino.

    Estas supersticiones, siempre envueltas en palabrería seudocientífica,
    paradójicamente son llevadas a cabo por ateos recalcitrantes.

    Al final, las aguas se retiran, la habitación queda seca, todo vuelve al
    orden. Sumisamente, el ratón Mickey le devuelve el sombrero al Mago. El
    druida le da un escobazo en el trasero echándolo fuera de la casa. Es
    como si le dijera: ", a tus zapatos". Cualquier parecido con las
    recientes elecciones españolas es pura coincidencia.

    ¿A quién representa el Viejo Maestro en mi exégesis?

    Pudiera ser Dios, creador de tantas cosas, desde las flores y las
    mariposas hasta las estrellas y los océanos. Por si acaso algún lector
    no es creyente, digamos que ese druida también simboliza las inmutables
    leyes de la Naturaleza. Es decir, encarna el discurso de la Realidad,
    única fuerza capaz de poner en su sitio, tarde o temprano, a los utopistas.

    Dicho de otro modo, ese Merlín personifica la tradición y la experiencia
    acumulada durante siglos por inventores, comerciantes, hombres de
    negocio, industriales, técnicos, científicos y los emprendedores en
    general, que son los únicos que saben producir riqueza en abundancia.

    Me anticipo a posibles críticos. Por supuesto que el modelo democrático
    tiene defectos y se cometen injusticias, pero aun así, todos los
    defectos del capitalismo juntos no llegan ni al cincuenta por ciento de
    todas las deficiencias del comunismo. Como decía Winston Churchill: "la
    democracia es el menos malo de los sistemas políticos". El comunismo,
    como antídoto contra los males del capitalismo, es un remedio que
    resulta peor que la enfermedad.

    El sistema económico que ha concentrado más personas capaces de generar
    bienestar material y espiritual es el capitalismo. La clase social que
    más talentos de esa índole ha gestado a lo largo de la historia es la
    burguesía.

    Esto fue lo que comprendió Deng Xiaoping cuando proclamó que
    "enriquecerse es glorioso". Eso mismo conjeturó Gorbachov con su
    Perestroika y su Glasnot.

    Ambos comunistas redescubrieron el capitalismo tras décadas de
    experimentos utopistas —o sea, medievales, pues no han sido más que
    retrocesos al feudalismo.

    Esos ensayos infligieron a sus pueblos —y a otros que los imitaron—
    múltiples e inútiles sufrimientos, como carencias crónicas, la
    prohibición de viajar libremente, de opinar, de tener el pelo largo, de
    oír o bailar rock, de rezar y poner arbolitos de Navidad, de tener
    acceso a , el hambre científicamente programada, los destierros
    sin retorno permitido, el desgarramiento de las familias separadas, el
    incalculable número de cubanos ahogados, o una cifra aún mayor
    de naufragios en los Boat People de , la imposición del
    Pensamiento Único y de lo Políticamente Correcto, el auge de la Policía
    del Pensamiento y de la Neo-lengua, el espionaje y la delación entre
    vecinos, un único Partido, dinastías "revolucionarias" eternizadas en el
    poder, la coartada de echarle siempre la culpa de todo lo malo al
    enemigo exterior, entrenamientos y simulacros militares cada dos por
    tres, ingentes gastos armamentísticos en detrimento de la canasta
    básica, el miedo inculcado desde la infancia, insultos gubernamentales
    ("traidores", "vende-patrias", "mercenarios", "gusanos", "escoria",
    "escuálidos") contra aquellos ciudadanos que no comparten la ideología
    oficial, crisis de misiles que pusieron al mundo al borde de la
    destrucción, guerra en Afganistán, invasiones en Hungría y en
    Checoslovaquia, guerrillas en América Latina y en África,
    colectivizaciones forzadas, censura férrea, purgas en el Partido,
    procesos kafkianos en público y por televisión, represión contra
    religiosos y homosexuales, escritores silenciados, otros ejecutados,
    algunos suicidados, mujeres pacíficas vapuleadas en la calle por turbas
    progubernamentales, psicosis de Guerra Fría, planes quinquenales
    incumplidos, millones de horas de estúpido trabajo voluntario que suman
    años de tiempo perdido, campos de concentración (UMAP por aquí, Gulags
    por allá), miles de discursos tan tediosos como vacíos, expropiaciones
    masivas, cero propiedad privada, ningún derecho de herencia,
    fusilamientos, largos encarcelamientos, el Estado de Derecho extinguido,
    el hábeas corpus inexistente, el sentido del humor coartado, la libertad
    de asociación y de reunión imposibles, el derecho a huelga cancelado
    hasta nuevo aviso, salarios de miseria dignos de esclavos, la cultura
    secuestrada en mayor o menor medida por el aparato de propaganda del
    partido…

    ¿Por qué Marx usó la palabra "fantasma" (Gespenst) para definir al
    comunismo en la primera oración de su famoso Manifiesto? Obviamente es
    una metáfora para esbozar algo capaz de asustar a las fuerzas más
    poderosas de su tiempo en Europa. Aun así no deja de ser interesante que
    eligiera esa palabra en vez de, por ejemplo, tigre, amenaza, peligro,
    huracán, terremoto… En cierta forma, es casi como si reconociera que en
    aquel entonces (1848) el comunismo no era más que una visión quimérica,
    un espantajo, un fenómeno sobrenatural que no pertenecía a este mundo
    sino al Más Allá. A fin de cuentas, ¿qué es cualquier utopía sino una
    fantasmagoría?

    En cualquier caso, lo que Marx desencadenó con su Manifiesto Comunista
    fue un poltergeist en la historia del siglo XX cuyas catastróficas
    repercusiones amenazan con extenderse al siglo XXI.

    Marx creó un Golem que no solo destruyó todos los entornos donde se
    instaló sino que además terminó desobedeciendo —igual que las escobas de
    Mickey Mouse—, e incluso se volvió contra su propio creador.

    —en un raro momento de lucidez— supo vislumbrar a ese
    Frankenstein tropical: "Este país puede autodestruirse por sí mismo.
    Esta revolución puede destruirse. Nosotros sí, nosotros podemos destruirla…"

    El siglo XX engendró dos Golems. Uno es esa utopía de ultraderecha que
    fue el nazismo, anunciada en la novela Michael, de Goebbels. El otro se
    tambalea, escorándose a la izquierda, y le llaman el "Hombre Nuevo". Se
    parece tanto al sonámbulo César del Doctor Caligari que no es extraño
    que en una Cuba ya zombificada se filmen películas de muertos vivientes.

    De esos dos totalitarismos, el que más ha durado es el comunista, y sus
    principales aprendices de brujo van desde Marx y Engels hasta Hugo
    Chávez, pasando por Stalin, Lenin, Trotsky, Che Guevara, Fidel Castro,
    Mao Tsé-tung, Pol Pot, Ieng Sary, Kim il-Sung, Ceausescu, Enver Hoxha,
    Honecker, Tito…

    Lo más curioso es que, a pesar de que todos sus proyectos han fracasado,
    no faltan nostálgicos —o cínicos— que tercamente siguen procurando
    fórmulas mágicas, ignorando a consciencia las terribles lecciones de la
    historia más reciente: la debacle del campo socialista en Europa
    Oriental, la extinción del CAME o COMECON, la desaparición del Pacto de
    Varsovia, la caída del Muro de Berlín, la transición de China hacia un
    capitalismo de estado, la improvisación cubana de una precaria economía
    del timbiriche…

    Todos estos derrumbes, así como las lentas transiciones denominadas
    "ajustes" o "actualizaciones", describen el desmantelamiento vergonzante
    del modelo comunista, no son más que capitulaciones e implican el
    reconocimiento tácito del fiasco del sueño utopista.

    Sin embargo, muchos intelectuales, artistas y académicos se empeñan en
    seguir soñando. Están en su derecho. Lo malo es que contaminan y
    confunden a otros mucho menos informados.

    Estos candidatos a aprendices de brujo argumentan que la utopía es tan
    bella (al menos en teoría) que vale la pena intentarla de nuevo, lo cual
    es como darle otra oportunidad al cirujano que ha matado a un montón de
    pacientes en el quirófano. A ese cirujano habría que mandarlo a la
    cárcel, lo cual, en el caso de la utopía, significa mandarla al basurero
    de la historia.

    Pero los nostálgicos insisten sin la menor pizca de rubor. Alegan que la
    utopía es como el horizonte, que mientras más nos acercamos a él, más se
    aleja y que, por tanto, la utopía sirve para eso: "para caminar".

    ¡Qué poético! Pero… ¿caminar hacia dónde? ¿Hacia el abismo? No, gracias.

    Las utopías son el parto de los montes, y la montaña parió un ratón.

    http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/el-raton-utopista-272763

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