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    Manzana Kempiski, lujo entre ruinas

    Manzana Kempiski, lujo entre ruinas
    ADRIANA ZAMORA | La Habana | 3 de Junio de 2017 – 05:09 CEST.

    A pocos días de su apertura, el hotel Manzana Kempiski ya recibió sus
    primeros huéspedes. La inauguración oficial está programada para los
    días 7 y 8 de junio, según informan los trabajadores del establecimiento.

    “Se puede reservar ya aquí mismo, en persona, o por internet”, explica
    una de las empleadas vestida de rojo y negro en la carpeta. “El pago
    podrá ser en efectivo o por tarjeta”.

    Como era de esperar, la mayoría de los cubanos ni siquiera sueñan con
    poder alojarse en el hotel, donde la habitación más barata cuesta más de
    400 CUC la noche y, la más cara, más de 1.300.

    Para Elsa, trabajadora de turismo, los precios no están tan altos como
    esperaba.

    “Si te pones a ver, la diferencia no es tanta con los demás hoteles”,
    opina. “En otros, como el Telégrafo que queda enfrente, o cualquiera de
    La Habana Vieja, la habitación matrimonial cuesta casi 300 CUC. Es casi
    lo mismo, pero el Manzana tiene un lujo que no tienen los demás”.

    Luisa, trabajadora estatal, ve las cosas desde otra perspectiva: “Si no
    tengo para comprar el aceite del mes, te imaginarás que para mí ese
    hotel es como si fuera un museo”, dice.

    Los habaneros ya venían haciendo comentarios similares desde hace unos
    días, en cuanto abrieron las tiendas ubicadas en la primera planta del
    hotel.

    “Corre a comprar un tinte en la perfumería”, bromea una muchacha. “Valen
    tres CUC y pico y es lo único que vas a poder comprar en tu vida en esas
    tiendas”.

    Frente a la tienda llamada Malecón, una mujer le explica a dos turistas
    asiáticos: “Es para extranjeros con dinero, porque muy pocos cubanos
    tienen para comprar algo aquí”.

    Se podría decir que ningún cubano corriente accederá a los productos de
    Malecón, donde unas sandalias de tacón de Prada cuestan 1.119,95 CUC y
    lo más barato son unos monederos de Valentino por 37 CUC cada uno.

    En Casa Blanca, la perfumería, es cierto que lo único que podrá comprar
    la mujer cubana es el mencionado tinte, porque a nadie se le ocurre que
    las clientas accederán en masa al perfume cuya propaganda está sobre el
    mostrador ( Sí, de Giorgio Armani, por 131,95 CUC) o a unas gafas de sol
    de Moschino por 83,95.

    La tienda Fotoestilo es un museo de productos que los cubanos no pueden
    tener. Aparte de unos “adornos” con la foto del Che impresa (la única
    alusión remota al comunismo en toda la Manzana), los precios de las
    cámaras y accesorios que se venden allí no dejan lugar a sueños. La más
    barata es una Nikon de 1.672 CUC y la más cara una Leica que cuesta
    8.180 CUC, más que algunas viviendas.

    “Con ese dinero me compro un cuartico y resuelvo mi problema”, comenta
    un hombre frente a una llamativa Canon de 7.524 CUC.

    En la tienda de L’Occitane en Provence una crema de 50 ml cuesta 47 CUC
    y en la de Lacoste ningún producto baja de los 50.

    “Habrá alguna persona que compre, pero la mayoría vienen a mirar”,
    admite la dependienta de una de las tiendas. “Por aquí ha pasado
    cantidad de gente que se insulta con los precios y comenta que para
    construir esto sí hay dinero, pero para arreglar sus casas nunca hay nada”.

    Un entorno en ruinas

    A una cuadra del flamante hotel Manzana Kempiski, en la pared trasera
    del destartalado cine Payret, un grafiti recuerda el estado de las
    viviendas en La Habana. Consiste en una casita, dibujada al estilo
    infantil, pero de cabeza. El techo puntiagudo hacia abajo es una llamada
    de atención hacia el precario estado en que viven los cubanos.

    “En La Habana Vieja hay un montón de casas cayéndose en pedazos”, dice
    Vivian, vecina de San Isidro. “No solo en mi barrio, que está más
    alejado del hotel, también cerquita. La misma casa que está al lado,
    frente al parque Albear, da pena”.

    Con motivo de la inauguración del hotel los parques circundantes han
    sufrido cambios. En el Parque Central fueron eliminados árboles y
    vegetación como si molestaran. El pequeño Parque Albear, a la entrada de
    Obispo, fue levantado en peso. No solo se derribaron los árboles bajo
    los que se sentaban los habaneros para conectarse en la WiFi del
    Floridita, también se están cambiando las aceras y los muros de los
    parterres.

    “Los árboles estaban podridos”, justifica un trabajador de Puerto
    Carena. “Vamos a arreglarlo todo y sembrar árboles nuevos”.

    También el tránsito de la zona ha sido modificado. Se eliminaron paradas
    de ómnibus en el Parque Central y el punto de recogida de los taxis
    particulares de Alamar, que se encontraba allí desde hace años. Ahora
    ningún vehículo, ni estatal ni privado, puede estacionarse para dejar
    pasajeros.

    El número de policías en la zona se ha incrementado, no solo hay más en
    Obispo y O’Reilly, sino que hasta se puede ver un camión de la PNR
    parqueado indefinidamente frente al parque Albear.

    Todo este esfuerzo por modificar el área que circunda al hotel no se ha
    extendido a las viviendas de los habaneros, que siguen teniendo los
    mismos problemas constructivos de siempre.

    Al mismo lado del parque Albear, el edificio que queda justo frente a
    los balcones del hotel sigue con sus precarias celosías de ladrillos y
    sus balcones derruidos. Y no es poco común encontrar escombros y basura
    de todo tipo en la acera.

    Lo que van a ver los huéspedes del Manzana Kempiski cuando salgan a
    caminar va a desentonar por completo con el lujo de sus habitaciones.

    “Aquí hay casas históricas, como el antiguo Ministerio de Obras
    Públicas, del que solo queda la fachada”, dice Yunior, vecino de La
    Habana Vieja. “Hay edificios que todavía conservan escaleras de mármol,
    rodeadas de ruinas. Otros llevan años esperando por reparaciones de la
    Oficina del Historiador, apuntalados, pero hasta los puntales están
    jorobados del tiempo que hace que los pusieron”.

    Muchos edificios tienen plantas creciendo en sus fachadas o carecen de
    techo en sus habitaciones. Otros han sido tapiados para que no se vean
    las ruinas.

    Gran cantidad de vecinos viven en casas en peligro de derrumbe. A
    algunos, como los de Villegas 5, los techos les han caído encima antes
    de que las autoridades lleguen a interesarse por su situación.

    “El problema no es que se construyan nuevos hoteles. Eso podría ser algo
    muy bueno”, opina Elvira, profesora universitaria retirada. El problema
    radica en que las inversiones no se hacen con sentido global, sino
    lineal. Lo que ganan allí, lo dedican a construir nuevos hoteles, nunca
    lo usan para obras sociales. Por eso hay un desfasaje tan grande entre
    el desarrollo turístico y el desarrollo social”.

    “Las casas de nosotros no le importan a nadie”, se lamenta otro vecino
    de La Habana Vieja. “Están desbaratadas, pero eso es parte del folclor
    que le venden a los extranjeros. Lo mismo pasa con los pocos bares de
    mala muerte que nos quedan en pesos cubanos, las bodegas y hasta las
    farmacias”.

    En general, cuando se pregunta a los habitantes de La Habana Vieja por
    el nuevo hotel, responden con una mueca de desagrado. Y no es un
    desagrado dirigido a los inversores extranjeros, sino a un Gobierno que
    aprovecha para ganar dinero que no beneficia al cubano de a pie.

    “Todo el mundo sabe que las tiendas estas carísimas no son de los dueños
    del hotel”, apunta Yaimara, estudiante de preuniversitario que pasea por
    la tienda Malecón con unas amigas. “Son todas de CIMEX y eso es del Estado”.

    Este dato lo confirman los propios dependientes: “Somos trabajadores
    estatales como cualquier otro y nos pagan en pesos cubanos, la misma
    porquería que a cualquiera”, dice una empleada que pide no ser identificada.

    Hasta los transeúntes que recorren las calles habaneras identifican el
    lujoso hotel con una obra más del Gobierno.

    “Esto es un logro de la Revolución”, ironiza un hombre en la placita que
    separa el Manzana Kempiski del Museo de Bellas Artes. “Primero
    convirtieron los cuarteles en escuelas y ahora las escuelas en hoteles
    de cinco estrellas”.

    Uno de esos locos habaneros que recorren la ciudad, cargado de jabas con
    contenido no identificable y mal vestido, ve a unos turistas sacando
    fotos al edificio y les pregunta: “¿Qué, tirándole fotos al hotel de
    Castro?”

    Source: Manzana Kempiski, lujo entre ruinas | Diario de Cuba –
    www.diariodecuba.com/cuba/1496256507_31546.html

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