Apartheid en Cuba
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    Extranjeros y cubanos, príncipes y mendigos

    Extranjeros y cubanos, príncipes y mendigos
    FRANCISCO ALMAGRO DOMÍNGUEZ | Miami | 14 de Junio de 2017 – 13:24 CEST.

    Una amiga que vive en Miami ha viajado a la Isla con sus hijos. De padre
    cubano, quería que los niños conocieran los familiares que aún quedaban
    allá. Pospuso el viaje una y otra vez sin saber por qué; algo le decía
    que podía ser una experiencia llena de contrariedades y desencuentros.
    Afortunadamente, la relación familiar fluyó con una naturalidad
    inusitada: los niños y sus parientes cubanos en la Isla se trataron como
    si se conocieran de toda la vida.

    La parte triste del viaje no fue la familia, ni siquiera vivir la odisea
    de la otrora París del Caribe, hoy ciudad de escombros, sedienta, con
    basura acumulada en cada esquina. Ella estaba preparada, o al menos
    enterada, de los apagones, los baches, el olor a keroseno, el jarrito y
    el cubo de agua para bañarse y las más elementales carencias
    alimentarias. Para lo que no estaba alerta era para ver cómo los cubanos
    tratan a sus compatriotas.

    Y no lo entiende, entre otras razones, porque solo a 90 millas, los
    cubanos son “príncipes”. Lo que no podría hacer ningún latinoamericano,
    ni siquiera un inglés en EEUU, legalizar su estatus migratorio y hacerse
    ciudadano en poco tiempo, lo pueden hacer los cubanos. En el sur de La
    Florida controlan la política y la economía. De hecho, ella misma, al
    casarse con un hijo de esa isla, alcanzó un estatus migratorio diferente
    que le ha permitido encontrar buenos trabajos y seguir estudiando.
    Ofender o humillar a una natural de la Isla por causa de su nacionalidad
    original puede salirle muy caro a los propios estadounidenses.

    Ella dice haber sentido, desde el aeropuerto mismo, un “apartheid”
    incluso con los cubanos que de Miami —inconfundibles por sus maletas,
    abalorios y sombreretes— regresaban de visita a su propio país; la
    sacaron de la fila de chequeo migratorio con sus hijos y la pasaron por
    delante de otras madres con niños pequeños porque “no era cubana”.
    Después y de modo ocasional, fue el acoso: los familiares que la
    acompañaban a las paladares y a las tiendas podían ser potenciales
    “jineteros”.

    Muy observadora, ella hace una acotación cruel: debajo de ese aparente
    rechazo al propio nacional —que nada puede dar—, y la lisonja al
    extranjero, el “de afuera” —todo lo tiene, todo lo puede—, los cubanos
    siguen siendo personas amables, saben querer y entregarse; son como La
    Habana, una ciudad en ruinas que se cae a pedazos y aun así puede ser
    restaurada.

    De alguna manera, la capital cubana de estos días reproduce la
    observación de mi amiga. Las ciudades, sus edificios, parques, teatros,
    escuelas y hospitales se parecen a sus dueños. Son las personas, su
    espíritu, quienes hacen el ambiente, y este, recursivamente, quien
    devuelve a las personas la magia de vivir en paz, las ilusiones. Es lo
    que cualquiera percibe cuando va a Madrid, a París, a Nueva York o a
    Ciudad de México: el turismo no es la Gran Vía, la torre Eiffel, el
    Empire Estate o el Ángel de la Independencia. El turismo lo hacen las
    personas del lugar; cómo las autoridades tratan con respeto, y a veces
    mejor, a nacionales que a extranjeros.

    Tratando de desaparecer el legado de los Gómez-Mena —cubanos, cuyo
    delito fue ser millonarios haciendo producir el país—, han sembrado una
    centenaria compañía extranjera a pocos pasos de la estatua de José Martí
    en el Parque Central. El lujoso Hotel Manzana, ya no de Gómez, sino de
    Kempinsky, está rodeado de iconos de la cultura y la política cubana
    republicana, y también de decenas de edificios y casas apuntaladas a
    punto del derrumbe. Las inferencias al pasado, aquella bofetada moral de
    los marines que tanta alharaca produjo, no son meras coincidencias.
    Puede que padezcamos de siempre un extraño “neuroticismo” —odiar y amar
    al mismo tiempo— con lo “de afuera”.

    El turismo no lo hace un hotel de lujo en medio de una ciudad devastada
    por la desidia y una población sospechosa de jineterismo. No puede haber
    turismo de excelencia donde se carece de agua, casi no hay alumbrado
    público, no hay cuidado del ambiente porque lo “esencial para los ojos”
    es un plato de comida. Como dijera la amiga en su breve visita a Cuba:
    lo que más espanta y duele al turista son los seres humanos que viven en
    la Isla; parecen como destruidos por dentro y al mismo tiempo se percibe
    que con una adecuada restauración, los cubanos podrían brillar como
    hoteles cinco estrellas.

    Source: Extranjeros y cubanos, príncipes y mendigos | Diario de Cuba –
    www.diariodecuba.com/cuba/1497258242_31818.html

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