Apartheid en Cuba
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    Voto popular y partido único

    Voto popular y partido único
    La imposibilidad de oposición parlamentaria está predeterminada porque
    si bien la Constitución socialista refrenda que el voto es libre, este
    deja de serlo al disponer la Ley Electoral que unos votos son válidos y
    otros no
    Arnaldo M. Fernández, Broward | 14/02/2017 10:26 am

    Para escapar del bumerang de los ideales que fracasan hay un remedio
    infalible: descontaminarse de la realidad. Así lo hace el Dr. Felipe de
    Jesús Pérez Cruz, presidente del capítulo habanero de la Unión de
    Historiadores de Cuba (UNHC), con artículo que pretende legitimar el
    orden político unipartidista sobre la base de la votación popular.
    Pueblo y democracia
    Su argumento histórico reza: “El 26 de julio de 1961, el pueblo cubano
    congregado para celebrar el 8vo. Aniversario del reinicio de la gesta
    revolucionaria (…) votó en asamblea pública por el Partido único de
    todos los revolucionarios cubanos”.
    Aquí se define como pueblo no todos ni la mayoría de los cubanos, sino
    aquellos congregados aquel día en la Plaza de la Revolución cuando Fidel
    Castro aplicó esta regla de decisión al bulto sin previa deliberación:
    “Levanten la mano los que apoyan la unión de todos los revolucionarios
    en el Partido Unido de la Revolución Socialista”.
    Según la nota taquigráfica, Castro y los demás levantaron la mano en
    clamor de unidad. Así y todo, esta votación no tiene fuerza legitimante,
    “que hoy solo la poseen reglas y premisas comunicativas, que permiten
    distinguir un acuerdo o pacto obtenido entre personas libres e iguales
    frente a un consenso contingente o forzado” (1).
    Pérez Cruz sienta aquella peripecia electoral contingente y forzada como
    seminal y definitoria, de una vez y por todas, del orden político.
    Quienes votaron entonces habrían quedado sometidos para siempre a la
    voluntad de la mayoría originaria, sin poder jamás cambiar de opinión
    por voluntad propia ni mucho menos intentar que su opinión disidente se
    tornara mayoritaria.
    Al justificar de este modo el partido único, Pérez Cruz maneja el pueblo
    como aplanadora que pasa por encima de la democracia. Ni siquiera las
    mayorías electorales abrumadoras desde 1976 a favor del gobierno
    invalidan que “la prueba más segura para juzgar si un país es libre de
    veras, es el quantum de seguridad de las minorías” (2). Y aquí no
    estamos hablando de grupúsculos. Sin contar el éxodo creciente, la
    tendencia de votantes contra el gobierno está en alza: de menos de 459
    mil (2013) a casi 716 mil (2015) boletas anuladas y en blanco. El
    abstencionismo también se incrementó de unos 750 mil (2013) a 850 mil
    (2015), pero ese no cuenta en política.
    Puesto que “la democracia requiere, necesaria e inevitablemente, un
    Estado de partidos políticos [y] el parlamentarismo es la única forma
    real en que puede plasmarse la idea de la democracia” (3), ningún
    gobierno está legitimado por la regla mayoritaria para entrampar las
    minorías dentro de límites en que no cabe ni siquiera la posibilidad de
    oposición parlamentaria. Sin ella, el orden político es totalitario por
    definición (4) y esa es la situación en Cuba.
    Apartheid electoral
    La imposibilidad de oposición parlamentaria está predeterminada porque
    si bien la Constitución socialista (1976) reformada (2003) refrenda que
    el voto es libre (Artículo 131), este deja de serlo al disponer la Ley
    Electoral (No. 72/1992) que unos votos son válidos y otros no.
    Todos los candidatos a diputados de la Asamblea Nacional se proponen por
    comisiones que forma el gobierno, se someten a votación en lista única
    (Artículo 86) y salen elegidos si obtienen más de la mitad del número de
    votos válidos en sus respectivas jurisdicciones electorales (Artículo 124).
    La ley manda “a separar las boletas votadas de las que fueron
    depositadas en blanco” (Artículo 112), así como a declarar “nulas las
    boletas en las que no pueda determinarse la voluntad del elector”
    (Artículo 114).
    Al contarse como votos válidos nada más que aquellos a favor de todos,
    algunos o al menos uno de los candidatos, aflora el apartheid electoral.
    Las boletas en blanco no son abstenciones, ya que el elector fue a
    votar; por el contrario, son clara manifestación de la voluntad política
    en contra de todos los candidatos. Igual sucede con las boletas que
    mediante improperios, garabatos o lo que sea manifiestan aún más
    explícitamente la voluntad política del votante contra el gobierno, pero
    terminan siendo anuladas por los colegios electorales.
    Este apartheid desemboca en el absurdo de que un candidato saldría
    electo tan solo si vota por sí mismo, aunque tuviera en contra a todos
    los demás electores, ya que estos solo podrían expresar su voluntad
    invalidando sus propios votos al dejar en blanco o anular la boleta.
    Ningún enlace histórico con ninguna asamblea pública puede convalidar
    este absurdo y, con él, un orden político antidemocrático y totalitario.
    Mala historia
    Pérez Cruz saca de la manga histórica otra justificación torcida: “Tras
    su entrada triunfante en la capital, Fidel, en el Campamento Columbia,
    argumentó la necesidad de una sola organización revolucionaria que
    apoyara las nuevas transformaciones sociales y contribuyera a enfrentar
    las acciones contrarrevolucionarias”. Tal es su interpretación siniestra
    de este pasaje del discurso de Castro el 8 de enero de 1959: “Todos
    debimos estar desde el primer momento en una sola organización
    revolucionaria: la nuestra o la de otro (…), en la que fuese, porque, si
    al fin y al cabo éramos los mismos los que luchábamos en la Sierra
    Maestra que los que luchábamos en el Escambray, o en Pinar del Río, y
    hombres jóvenes, y hombres con los mismos ideales, ¿por qué tenía que
    haber media docena de organizaciones revolucionarias?”.
    Castro habla en tiempo pasado. No se refiere a transformaciones sociales
    futuras ni a acciones contrarrevolucionarias presentes o futuras, sino a
    la guerra contra Batista. La idea de una sola organización
    revolucionaria en la posguerra civil vino del líder del Directorio
    Revolucionario, Faure Chomón (sic): “Somos partidarios de la unidad
    sincera de las fuerzas revolucionarias y honestas del país (…) Una
    asamblea de todos los sectores revolucionarios sería formidable. De ella
    puede salir el gran instrumento organizado de la revolución cubana”
    (Bohemia, enero 18-25 de 1959, 74). En esta misma edición, la columnista
    Emma Pérez salió al paso al estilo de Kelsen: “Chaumont (sic),
    Secretario del Directorio Estudiantil, propuso la formación de un
    Partido Único, en nombre de la democracia. No, aguerrido Chaumont. Sólo
    la pluralidad de partidos es compatible con la democracia (…), que es lo
    que necesita Cuba” (página 15).
    Coda
    Es muy sencillo librar escaramuzas argumentativas contra Pérez Cruz, el
    partido único y demás cuadros o instituciones del castrismo, pero el
    problema no estriba ya en criticar, sino en dilucidar racionalmente cómo
    podría desmontarse el castrismo a partir de su realidad fija de partido
    único, apartheid electoral y otros males concurrentes. Resulta que a tal
    efecto hay que lidiar en dos frentes, porque cierto anticastrismo se las
    manda con gente dentro que incurre una y otra vez en absurdos políticos
    mientras su claque afuera se empeña en justificarlos como opositores que
    derrochan esfuerzo y coraje frente a la represión política. Si el D. J.
    Trump tuviera tiempo para ahondar en este problema cubiche podría
    tuitear: Effort and courage are not enough without purpose and
    direction. GET SMART, ANTI-CASTRO CUBANS!

    Notas
    (1) Habermas, Juerguen: “Problemas de legitimación en el Estado
    moderno”, en La reconstrucción del materialismo histórico, Madrid:
    Taurus (1981), 254.
    (2) Acton (Lord): Essays on Freedom and Power, Nueva York: Meridian
    (1955), 56.
    (3) Kelsen, Hans: Vom Wesen und Wert der Demokratie, Tubinga: J.C.B.
    Mohr (1929), 20 ss.
    (4) Amendola, Giovanni: “Maggioranza e minoranza”, en Il Mondo [Roma],
    12 de mayo de 1923.

    Source: Voto popular y partido único – Artículos – Opinión – Cuba
    Encuentro –
    www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/voto-popular-y-partido-unico-328631

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