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    La burocracia fidelista eterniza el mito para evitar los cambios

    La burocracia fidelista eterniza el mito para evitar los cambios
    PEDRO CAMPOS | La Habana | 3 de Diciembre de 2016 – 12:21 CET.
    La Habana. (EFE)

    “Siempre seremos Fidel.” “Fidel por siempre.” “Fidel es socialismo.”
    “Fidel simboliza la paz, la solidaridad, la patria.” Esas y otras
    consignas por el estilo, despliega la prensa fidelista en la Isla a
    propósito de la muerte de Fidel Castro, en lo que pareciera un maratón
    urgente para elevar a planos infinitos el culto a la personalidad del
    líder y tratar de eternizar el mito que se esfuma por imperio de la
    naturaleza.

    Se trata de una necesidad del modelo burocrático centralizado y
    personalista de gobierno desarrollado por el caudillo durante más de
    medio siglo que, sin él, no tiene sentido. Él habló de una revolución
    democrática y socialista, pero en verdad cada vez fue siendo más “su”
    revolución, en la cual él tomaba todas las decisiones importantes y
    menos importantes, desde lo que debía comer la gente y el color de los
    uniformes escolares hasta lo que debía legislarse o la instalación de
    cohetes atómicos rusos para “poner de rodillas al Imperio”.

    Hasta que él mismo, sus seguidores y no pocos cubanos y extranjeros
    llegaron a confundir nación, patria, bandera, revolución y socialismo
    con su nombre y su figura. “Yo soy Fidel” ha sido el colmo del absurdo.

    En más de una ocasión fue advertido el peligro que ello entrañaba para
    el futuro del proceso revolucionario, pues con él podría morir su
    revolución, pero él se empeñó en esa identificación a tal punto que
    siempre eclipsó o desplazó y separó de sus cargos a todos los
    revolucionarios que estuvieron cerca de él, podían hacerle alguna sombra
    o simplemente contradecirlo.

    Paralelamente se cuidaba de no dar señales de la inmensa exaltación de
    su personalidad mesiánica que fomentaba sofisticadamente, al impedir que
    se diera su nombre a lugares históricos o públicos o se le hicieran
    bustos o monumentos, al estilo de Stalin; pero por medio de la
    televisión, la que usó como ninguna otra figura de su época, se
    encargaba de estar varias horas de visita todos los días, en cualquier
    momento, por cualquier motivo, y sin ser invitado, en todas las
    viviendas, oficinas y lugares públicos, donde tampoco impidió que
    abundaran sus fotos “heroicas”.

    Sus largos discursos con poses, movimientos y oratoria bien estudiados
    copaban además de la televisión, las estaciones de radio, los periódicos
    y revistas. Él siempre fue único discursante, el que daba las
    orientaciones directamente al pueblo, el que dialogaba e intercambiaba
    frases prediseñadas con las multitudes. Pero eso “no era culto a la
    personalidad”, “era uso de los medios masivos de comunicación para
    educar al pueblo”.

    Toda la obra de la “revolución”, en verdad resultado del trabajo y el
    sacrificio de los trabajadores y profesionales cubanos, era presentada
    como la obra personal de Fidel Castro. Desde el arreglo de un bohío
    tumbado por una ráfaga de viento, pasando por la salud y la educación
    para todos, a costa del trabajo del pueblo cubano y del esfuerzo de
    médicos y maestros, hasta el intento de construir una planta
    termonuclear, por suerte desechada, o la desaparición del apartheid en
    Sudáfrica.

    De esa manera la revolución, que una vez fue prácticamente de todo el
    pueblo cubano por derrocar la dictadura de Batista y restaurar la
    institucionalidad democrática, se fue convirtiendo cada vez más en la
    revolución de Fidel Castro. Así, se hizo tan fidelista, se identificó
    tanto con él que dejó de ser la revolución popular de todos primero, y
    luego cada vez de menos cubanos hasta que se convirtió en la revolución
    personal de Fidel Castro: su “revolución”.

    Esto se hizo muy visible en el 2005-2006, en pleno “Periodo Especial”,
    en vísperas de su enfermedad y operación que lo sacaron transitoriamente
    del poder efectivo, cuando llegó a reconocer que la revolución estaba en
    peligro por el burocratismo y la corrupción y pasaba horas en la
    televisión explicando su plan energético y todo el mundo, menos él se
    daba cuenta del hueco en que habíamos caído y las ridiculeces y desfases
    de sus intervenciones.

    Hasta su hermano Raúl, al recibir el poder, lo dijo: estamos cerca del
    abismo, y rápidamente empezó a hablar de la necesidad de cambios, tuvo
    un discurso esperanzador y empezó a mover fichas y a tomar una serie de
    decisiones que claramente apuntaban al desmantelamiento de muchos de los
    absurdos del fidelismo, llegando a promover el llamado proceso de
    “actualización”, para algunos un intento disimulado de perestroika
    tropical cuidadosamente estudiado.

    En la medida en que fue mejorando y saliendo de su operación, se vio de
    nuevo a Fidel Castro tratando tomar las riendas del poder y abundan las
    señales de claras diferencias con lo que venía haciendo su hermano. El
    acercamiento a EEUU, al parecer iniciado con su anuencia, se convirtió
    en su pesadilla.

    En vida del campeón del antimperialismo mundial de todas las épocas, la
    visita del representante principal del Imperio, del Presidente de EEUU a
    Cuba, su discurso democrático y su acercamiento al pueblo cubano, no
    pudo ser resistida y con aquella tristemente célebre reflexión “El
    hermano Obama”, inició su “última batalla contra el imperialismo” y de
    paso contra la política de acercamiento de su propio hermano.

    Pretendió lo inevitable, que Cuba y EEUU vivieran en paz y como buenos
    vecinos cooperaran, bajo el supuesto de que todo era un plan para
    destruir lo que él mismo nunca fue capaz de construir por su
    personalismo: la Cuba próspera que necesitamos todos los cubanos. Hoy,
    sus más fieles seguidores pretenden convertirlo en valladar contra los
    inevitables cambios.

    Pero su desaparición física quizás posibilite que finalmente Cuba pueda
    emprender la senda de las transformaciones necesarias. Y parafraseando
    su concepto de revolución firmado por seis millones de cubanos, ya es
    imprescindible, llegó el momento de “cambiar todo lo que debe ser cambiado”.

    Source: La burocracia fidelista eterniza el mito para evitar los cambios
    | Diario de Cuba – www.diariodecuba.com/cuba/1480764094_27138.html

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