Apartheid en Cuba
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    Está mal demonizar a Fidel Castro?

    ¿Está mal demonizar a Fidel Castro?
    Los que sí no deben agradecer a Fidel Castro son los cubanos, partiendo
    de la falta de interés y previsión por su pueblo que tuvo el “líder”
    hasta el fin de sus días
    Carlos Manuel Estefanía, Estocolmo | 06/12/2016 11:27 am

    Göran Greider nació en Suecia en 1959, año en que Fidel Castro tomó el
    poder en Cuba y creciendo bajo la imagen de admiración a la revolución
    cubana, promovida por el socialdemócrata Olof Palme y su heredero
    ideológico Pierre Schori en la nación escandinava. Hoy, es un afamado
    escritor, poeta, comentarista y periodista, que desde 1999 dirige el
    periódico socialdemócrata independiente Dala-demócrata y participa
    permanentemente en el debate público de su país, entre otras cosas sobre
    temas internacionales. Evidentemente, Göran no ha podido substraerse de
    la tentación de aportar su grano de arena a la playa de comentarios,
    generalmente condescendientes, sobre la vida y obra de Fidel Castro,
    desatados tras la muerte de “El Comandante” en la noche del pasado 25 de
    noviembre. Lo ha hecho con un artículo aparecido al otro día, en su
    periódico, bajo el título de “Castro – hjälten som blev diktator”
    (Castro- el héroe que devino dictador) y luego con otro escrito de
    contenido muy similar, publicado el 29 de noviembre, en el periódico
    Metro, de Estocolmo, rubricado como “Castro ska varken demoniseras eller
    romantiseras”, lo que significa es español “Castro no debe demonizarse o
    ‘romantizarse’ (ser idealizado)”.
    Por los argumentos que recogen ambos artículos, estos se convierten en
    símbolos por antonomasia del modo en que numerosos medios europeos y
    americanos han abordado la vida de Fidel Castro, tras su fallecimiento.
    Hemos de reconocer que Göran Greider nos ha dado una gran lección de
    sabiduría, al afirmar lo que sirvió de título a su última columna en
    Metro. Evidentemente, el periodista ha encontrado el dorado camino del
    medio. El problema está en que, si seguimos por ahí, tampoco debería
    demonizarse a Hitler, pensando en que puso fin a la terrible crisis
    económica que sufrían los alemanes cuando llegó al poder, y tampoco
    satanizaríamos Stalin, por haber salvado a Media Europa de su antiguo
    aliado en la invasión y fragmentación de Polonia.
    Es verdad que con la revolución cubana cayó un gobierno corrupto, pero
    también que, con ella, como en la Francia Jacobina, se estableció un
    nuevo régimen todavía más despótico que el anterior, cuyo aparente apoyo
    popular hoy sólo se sostiene con el miedo y la manipulación informativa.
    Ciertamente los métodos de Castro inspiraron luchas en otras partes del
    mundo, aunque no fueron solo de corte anticolonialista, como afirma el
    periodista sueco (tampoco lo era la revolución cubana). Tenemos por
    ejemplo las acciones terroristas que desestabilizaron las endebles
    democracias latinoamericanas en los años sesentas, trayendo como
    resultado sangrientas dictaduras, cuyos muertos de manera indirecta
    también caen sobre la conciencia del exdictador recién fallecido. Esto
    por no hablar de los grupos terroristas que ensangrentaron a Europa
    occidental entre los años setenta y ochenta, inspirados como sus colegas
    latinoamericanos, en los mitos de la “Revolución cubana”.
    Nelson Mandela podrá admirar todo lo que quiera a Castro, en definitiva,
    la herencia de ambos líderes tan afamados no es solo la del fin del
    apartheid, sino también la de países africanos que si necesidad de
    colonos blancos se han hundido por sí mismos en la miseria y la
    corrupción. Esto por no hablar, para el caso de Fidel, de que los
    soldados cubanos no solo fueron a matar bóeres, sino también angolanos,
    eritreos y somalíes, en guerras internas de aquel continente en la que
    la “bloqueada Cuba” no tenía por qué meterse.
    Greider, como tantos “opinadores” internacionales, sostiene la teoría
    justificadora del comunismo cubano, según la cual, fue Estados Unidos
    quien empujó a Castro a los brazos de la Unión Soviética. Esto podría
    ser verdad, pero también lo sería que para un hombre como Fidel, que se
    demostró enamorado del poder, no existía mejor opción de gobierno que la
    copiada de los soviéticos.
    Puestos a especular también podríamos aceptar como verosímil la
    hipótesis, sostenida por algunos exiliados, de que todo estaba planeado
    desde el principio, algo que afirman conscientes de como el propio
    Gobierno estadounidense comenzó a controlar y luego neutralizar sus
    actividades anticomunistas, después de haber permitido a Fidel Castro
    recoger dinero en ese país para compartir por las armas a Batista, el
    amigo dejado en la estacada, al embargársele la provisión de armas
    estadounidenses, mientras que el ejército republicano, formado y
    asesorado por expertos norteamericanos, se rendía a las minúsculas
    partidas de bisoños comandadas por el comandante improvisado de Fidel
    Castro.
    A todo esto, habría que agregar lo que significó en castrismo para la
    URSS. Primero formando jaleo dentro de sus partidos acólitos en América
    Latina, de donde fueron reclutados muchos de los guerrilleros rurales y
    urbanos necesarios para desatar la revolución inmediata “a la cubana”,
    en oposición a la eterna y legal “concientización de las masas”,
    practicada en la zona por los comunistas.
    Lo peor no fue esto, sino el costo de la manutención del comunismo
    isleño. Lo que funcionó como bomba de extracción que desangraba al
    socialismo real a base de subsidios. Hablamos de los recursos
    millonarios que Castro no supo emplear en el desarrollo de su nación, de
    fondos que a lo sumo se gastaron en crear una imagen de bienestar y
    seguridad social que se vino abajo, con el “desmerengamiento”,
    despectiva expresión con la que Fidel se refirió al fin del imperio
    soviético.
    En realidad, si alguien tiene algo que agradecer a Fidel Castro, es
    Estados Unidos. No nos extraña pues, después de recorrer temerariamente
    medio mundo, incluida esa Norteamérica, donde ni los presidentes nativos
    están seguros, su destino fuera, morirse de vejez en una cama, tras
    tanto atentado “fallido”, de una CIA que supo cargarse a la primera, y
    dentro de Santo Domingo a su colega Rafael Trujillo.
    Los que sí no deben agradecer a Fidel son los cubanos, partiendo de la
    falta de interés y previsión por su pueblo que tuvo el “líder” hasta el
    fin de sus días. El ejemplo más palpable y actual de este defecto lo
    tenemos en el estado actual de los servicios de salud, en hospitales a
    los que no van los extranjeros y que, por falta, se carece hasta de
    médicos. Esos mismos galenos que en ejercicio de propaganda, solía
    despachar Fidel (y ahora sus herederos) a otros lados, aunque su pueblo
    necesitara de estos médicos, callando así la boca de no pocos críticos
    extranjeros del régimen de La Habana.
    Hablamos de doctores que participan en estas misiones, no solo por la
    contradictoria ética inculcada en las escuelas de medicina cubana, en la
    que se abrogan algunos postulados del juramento hipocrático, sino como
    pago por la educación “gratuita y universal”, un precio que incluye el
    trabajar por un salario miserable, en el lugar y en las condiciones que
    el Estado demande. Se trata para el graduado de estar al servicio donde
    sea, para lo que sea u cuando sea de mega empresa gestionada la familia
    Castro, sin necesidad de títulos de propiedad, con derecho de alquilar a
    sus trabajadores mientras retienen buena parte del salario que
    pertenece. Eso sí, a la hora de amortiguar los efectos del embargo rompe
    en llanto, en lograr de conseguir por otra vía la medicina que le faltó
    a las “víctimas del bloqueo norteamericanos”. Ciertamente, el embargo
    norteamericano (o lo que va quedando de él) todavía afecta la economía
    cubana, pero no es suficiente para explicar la destrucción de la misma,
    ni lo mal que lo pasa hoy su isla sus ciudadanos, controlados por ese
    Estado omnipresente más preocupado en vigilarle que protegerle. Las
    dudas sobre las sanciones como fuentes de todo el sufrimiento de los
    cubanos se fortalecen cuando se toman en cuenta los experimentos y
    despilfarros cometidos por el régimen (particularmente en su larga etapa
    fidelista), y se oponen a las sanciones los resultados del comercio
    creciente que ha sostenido Cuba durante décadas con Rusia, China, los
    países de Europa Occidental, Canadá, Japón, el resto de América Latina y
    otras naciones de las que además ha recibido millones de dólares por
    concepto de ayuda para el desarrollo, de los que nadie sabe ahora a
    dónde fueron a parar.
    Lo peor que les ha hecho Fidel Castro a los cubanos no es lo que hasta
    el comedido Greider reconoce como malo. Es decir, el haber creado un
    Estado de partido único, sin sindicatos independientes, que no permite
    la libertad de prensa ni las elecciones “democráticas”. En sentido
    “liberal”, tampoco lo es que Castro se mantuviese en el poder como
    autócrata hasta enfermar, diez años atrás y ser sucedido en un ejercicio
    del más puro nepotismo por su hermano.
    Lo más grave no ha sido esta larga estancia en el trono, que supera la
    de cualquier caudillo en Iberia o en América. El cubano de a pie le
    habría perdonado su atornillamiento en el poder, como hacen los muy
    democráticos y desarrollados súbditos de las actuales monarquías
    constitucionales de Europa, si a cambio de ello se hubiera levantado la
    economía que garantizara, sin necesidad de limosnas extranjeras, una
    vida material relativamente decorosa y un Estado que respetara los más
    elementales derechos humanos. Y eso sería lo máximo. Incluso peor
    situación podría sobrellevarse, si nos guiamos por los chinos que
    contentos viajan por el mundo; aunque no digan ni esta boca es mía
    cuando les pregunta si tienen alguna crítica sobre su Gobierno.
    Por supuesto que siempre existirán disidencias, lo mismo en Cuba que en
    Conchinchina. Lamentablemente, cuando se trata de ideales tan abstractos
    como los de participación ciudadana en la soberanía de la nación, es
    solo una minoría por cultura propia, o por financiamiento desde el
    exterior, la que se preocupa por su ausencia. Al resto de la población,
    como a la de la antigua Roma, le basta con pan y circo. Cuba no es la
    excepción, pero si bien ha estado sobrada de espectáculos en forma de
    juicios y fusilamiento público, conga y hasta pachanga gay, en lo que a
    comida se refiere Fidel Castro falló. Parece que no le dio tiempo para
    solucionar de una vez y por todo el problema de la “jama”* a pesar de
    haber vivido 90 años, y casi la mitad de aquellos en el poder
    Y si esto no se puede aceptar, menos lo es que todavía exista aunque sea
    en papeles la pena capital, que desde sus tiempos de guerrillero Fidel
    Castro comenzara a fusilar , en nombre del restablecimiento de una
    constitución, la del 1940 que abolió la pena de muerte en su Artículo
    25, con excepción en tiempo de beligerancia con una nación extranjera.
    Lo cual no era el caso de la guerrita interna entre castristas y
    batistianos, una mala costumbre que en lo que se refiere a delitos
    políticos fue mantenida, por lo menos hasta el año 2003, en que fueron
    fusilado tres jóvenes implicados en el secuestro de una lancha de
    pasajeros con el fin de marcharse a Estados Unidos.
    Para muchos cubanos de los que se quedaron en su patria creyendo por
    décadas en la revolución, lo peor quizás no sean unas ejecuciones cuyas
    justificaciones machaca la prensa oficial. Para ellos, posiblemente, lo
    más desastroso, a fin de cuentas, sean las promesas fallidas que Castro
    les hizo cuando admitió ser socialista en 1961, y declarar que su
    revolución era de los humildes y para los humildes —muchos de los cuales
    ha desaparecido en el mar intentando escapar en balsas—, especialmente
    las relacionadas con un desarrollo que brilla por su ausencia en el
    momento que Fidel los deja. Los peores pecados de ese Castro no son los
    que generalmente se critican desde el liberalismo o conservadurismo,
    sino aquellos que conocen y silencian vergonzosamente sus admiradores de
    izquierda. Lo peor en resumen no es que “el héroe de los días
    anticoloniales fuera sustituido por el dictador”, sino la manera
    sistemática en que aquel ha destruido vidas y haciendas que en teoría
    florecerían en la sociedad socialista.
    Pero, quizás Greider pueda que necesite algo más para comprender esto.
    Usemos pues su fantasía, creando en su mente un escenario en su propio
    país, donde cayera en poder de un líder autoritario con apoyo
    extranjero; nada difícil de creer ahora que Trump quiere quitarle a
    Estados Unidos el papel de gendarme internacional, lo que significa
    dejar a Europa en la estacada frente a esa Rusia que tanto le aterra.
    Supongamos que la política de este nuevo Gustavo Vasa convierte la
    economía sueca, de una de las más florecientes de su región (como lo era
    la cubana hasta que llegó Fidel) en una de las más miserables, digamos
    como la moldava o la albanesa, y que por causa de ello (no hablemos ya
    de la supresión de las libertades) millones de suecos tienen que
    abandonar su patria y marcharse a otro país donde se convertirán en eso
    que tantos deprecian: “inmigrantes”. Dudo mucho que, en tales
    circunstancias, nuestro salomónico Greier tuviera con este jefe
    imaginario, pero no imposible en su país, los miramientos que tienen con
    Castro, o que se negara a demonizarlo, que es lo que debe hacerse con
    todos los tiranos, vivos o muertos.
    * jama
    De jamar.
    1. f. coloq. Cuba y Nic. alimento.
    Real Academia Española

    Source: ¿Está mal demonizar a Fidel Castro? – Artículos – Opinión – Cuba
    Encuentro –
    www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/esta-mal-demonizar-a-fidel-castro-327951

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