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    La lógica del desfile, el espectáculo y el exhibicionismo

    La lógica del desfile, el espectáculo y el exhibicionismo
    Parece que lo obsceno de las pasarelas entre las ruinas del Paseo de
    Prado ha sido una invitación a que muchos participan en este afán de ver
    y ser visto
    James J. Pancrazio, Illinois | 11/05/2016 9:07 pm

    Esto es sólo el comienzo: la visita del presidente Barack Obama y la
    primera dama, el desfile de la casa Chanel, el arribo de los cruceros
    Carnival, el tour del diseñador Karl Lagerfeld, la llegada del actor Vin
    Diesel y hasta los Kardashian. Todo esto demuestra que los ricos y
    famosos están en la etapa de ver y ser visto en las calles habaneras.
    ¿Quién sabe cuánto dura? Es una verdadera manía. Al mismo tiempo, hay
    algo de obsceno en un desfile de moda en un país en que la población
    sufre de vastas carencias en el campo laboral, la vivienda, la comida y
    los servicios básicos. Extraña aún más que, después de una aparente
    reconciliación política entre Estados Unidos y Cuba, el VII Congreso del
    Partido Comunista afirmara que los gobernantes del país no tienen
    ninguna intención de liberalizar la economía ni la política. Es decir,
    están muy bienvenidos Walmart, la industria internacional, los turistas
    y los demás trae dólares, pero de cambios sistémicos no se tratan. En
    este contexto de parálisis, ¿qué otros medios hay para simular una
    reconciliación, sino convertir a los revolucionarios de antaño en los
    excéntricos gliterati de hoy?
    Parece que lo obsceno de las pasarelas entre las ruinas del Paseo de
    Prado ha sido una invitación a que muchos participan en este afán de ver
    y ser visto. Aunque parezca insólito, una pareja en particular lo llevó
    a un extremo. En 25 de abril la revista digital Cubanet reportó que un
    hombre y una mujer tuvieron relaciones sexuales a la luz del día en la
    acera, en el portal de una de las tiendas en el Boulevard de San Rafael
    en Centro Habana, rodeados por una multitud enardecida. Tal vez el
    acontecimiento no hubiera tenido el impacto que tuvo si no fuera por los
    vídeos grabados en los teléfonos móviles de los transeúntes. Éstos se
    difundieron a través de las redes sociales a la velocidad de luz y
    pronto fueron retransmitidos o reportados por Martí Noticias, Ciber
    Cuba, Habana Linda y América Tevé. La reacción del público fue de
    esperar. A bien que algunos no encontraron las palabras para expresar su
    asombro, otros mentaron la carencia de morales. Varios lamentaran la
    vergüenza no solo por el hecho de que esta pareja se exhibiera de forma
    pública, sino que también que, al parecer, las autoridades públicas no
    actuaron para detener el espectáculo.
    Pero no es lo todo. Un par de semanas antes de este incidente se circuló
    una grabación de unos niños en uniformes escolares bailando el “perrero”
    al ritmo de un reggaetón en una escuela primaria en la Isla. Al mismo
    momento, sería injusto e erróneo considerar este tipo de fenómeno como
    exclusivo a Cuba. En los años 70, el llamado streaking, correr en
    público desnudo, llegó a ser tan popular en Estados Unidos, que mientras
    el actor inglés David Niven presentaba en los premios Óscar, un nudista
    corrió de un lado del escenario a otro. Hoy en día, el exhibicionismo al
    nivel internacional no se limita a este tipo de Dirty Dancing entre los
    jóvenes, sino que es algo que se escucha en las letras de las canciones,
    en los mensajes personales de texto, en la moda de vestirse (o no
    vestirse) y en los anuncios comerciales.
    En este sentido, la reacción del público indica la necesidad de
    racionalizar la escena, explicarla con el fin de disminuir lo
    traumático. Entre las explicaciones que más esgrimieron los comentarios
    fueron el uso de drogas, un espectáculo pagado o las posibles
    enfermedades mentales de los participantes. No descarto ninguna de estas
    posibilidades, sino que los conjugo con ese placer de ver y ser visto
    que se lanza a las pasarelas, una especie de narcisismo al aire libre.
    Es precisamente ese deseo de hacerse el centro del mundo que exhibe el
    horror (o lo cómico) de la animalidad del sexo. Es decir, la sexualidad
    sin poesía, sin ritos de cortejo, sin vestidos de novia, lunas de miel,
    ecos de violoncelos en el trasfondo, luz suave y cortinas moviéndose en
    la brisa. Lo que se ve es el puro impulso hacia el placer del escenario.
    Tal vez, lo único sorprendente es la actitud de sorpresa que se ha
    mostrado el público. Me refiero al desconocimiento de la actualidad de
    nuestra cultura mundial. Esta cultura en que las celebridades se exhiben
    desnudas como si esto fuera una expresión de su libertad de expresión
    creativa o libertad política. Como lo han señalado los feministas en
    múltiples ocasiones, lejos de ser una expresión de la libertad sexual,
    estas invitaciones a mirar equivalen el auto-sometimiento al deseo del
    otro, un masoquismo que aduce que ser el objeto de la mira es mejor que
    no ser.
    ¿Cómo entendemos este tipo de exhibicionismo en términos culturales?
    Marjorie Garber, en su importante estudio sobre el travestismo titulado
    Vested Interests, arguye que la apariencia del travesti en la historia
    es indicio de una crisis cultural que no sólo cuestiona las categorías
    que definen lo masculino y lo femenino sino que también cuestionan la
    categoría misma. El travesti es la tercera posibilidad que altera la
    relación binaria porque al transgredir las fronteras que dividen el
    terreno masculino y el femenino, inevitablemente el travesti demuestra
    que todas las fronteras son arbitrarias, impuestas por convenciones
    sociales y pueden transgredirse. Cruzar una frontera implica que las que
    dividen las clases sociales, las razas, las nacionalidades y los géneros
    también pueden cruzar.
    El exhibicionismo puede verse de la misma manera: es indicio de una
    crisis cultural que divide lo público de lo privado y lo personal de lo
    colectivo. De este modo, es útil pensar en este tipo de obscenidad, no
    como un acontecimiento asilado en el orden simbólico, sino como parte de
    otra serie de alteraciones del orden simbólico que socavan la integridad
    de los binarios imperantes: el acercamiento entre los gobiernos de
    Estados Unidos y Cuba, la visita a La Habana del presidente Obama, la
    llegada de los cruceros turísticos junto con el tráfico aparentemente
    sin fin de balseros llegando a las costas de la Florida. Por eso mismo,
    los testigos frecuentemente carecen de palabras para asimilar los hechos
    y, en muchas instancias, lo único que queda es recurrir a los patrones
    antiguos que, después de recibirle a Obama y su señora en La Habana
    Vieja calificar la visita como una agresión y afrenta a la cultura cubana.
    Hay que tener mucha cautela al emplear la palabra “perversión” porque en
    muchas instancias se ha usado como medio de estigmatizar las
    sexualidades de las parejas gay y lesbianas. Sin embargo, creo que la
    definición que emplea Jacques Lacan presenta un modelo que sirve para
    ubicar el exhibicionismo como parte de la etapa del espejo, esa
    instancia en que el sujeto presume ser el centro del mundo. Desde la
    perspectiva del psicoanalista, el acto de la perversión implica el
    desconocimiento del padre simbólico, su nombre, su ley y su prohibición.
    El exhibicionista masculino se hace pasar como el poseedor
    plenipotenciario del falo, total y completo, y la mujer exhibicionista
    es la que hace imagen de ella misma, disfrazándose como el objeto de
    deseo con valor icónico. El exhibicionismo, como han argumentado los
    psicoanalistas, está vinculado con el complejo de castración, al
    individuo que —a pesar de los límites que cada uno enfrenta en la vida—
    rechaza sus propias carencias y confunde el placer inmediato de la
    transgresión como único soporte de un ego asediado por los sentimientos
    de la inseguridad e insuficiencia, el dolor y la baja autoestima. De ahí
    el exhibicionismo se convierte en la compulsión excesiva de ostentar
    públicamente la falta de la falta. El peligro es que este afán de ser
    visto queda sometido al deseo de ver. El mirón, el que ve la obscenidad
    pornográfica, reduce al otro a mero objeto sexual, un objeto apropiable
    para su propio placer, lo cual implica un acto de violencia porque la
    objetificación no es identificación. No hay compasión ni simpatía porque
    el mirón no se involucra en su intimidad del otro; no arriesga perderse
    en el otro.
    Ya que el performance no duró sino un par de minutos, es posible que la
    policía local no tuvo tiempo para responder y detener el performance.
    Pero la escena también puede sugerir, como lo indica Luis Cino Álvarez,
    que al desintegrar los antiguos binarios que la izquierda,
    anticapitalista y anti-burguesa, se ha quedado sin referente. Esta falta
    de referente equivale el desconocimiento de la función del padre
    simbólico. Aquí no me refiero al anciano Comandante ni a la vieja
    guardia (o sus nietos) de la revolución, sino a un cuerpo de leyes y
    prohibiciones que dividen los actos del ciudadano entre lo público y lo
    privado, una especie de superego que funciona al nivel del sujeto que
    suprime el desvergonzado narcicismo y que hace posible una sociabilidad
    funcional. Como bien señalo arriba, este tipo de perversión no es
    exclusivo a la situación de la Isla. El llamado sexting, el sexo casual
    sin compromiso, el uso recreativo de drogas sin ningún valor
    terapéutico, y la generalizada falta de dirección de la generación
    actual son pan de cada día. En este sentido, no solamente comento el
    desmoronamiento del orden socialista como medio de proveer una vida
    digna y un código ético moral que le corresponde, sino también a la
    inmoralidad de prácticas neoliberales que desconocen la obscenidad del
    calentamiento global, la desnacionalización de la riqueza nacional en
    sociedades de papel en Panamá. ¿Qué queda para el ciudadano de a pie
    como código moral, capaz de canalizar su deseo y su esfuerzo de manera
    creativa y socialmente productiva sino ver y ser visto?
    James J. Pancrazio es profesor de la Illinois State University.

    Source: La lógica del desfile, el espectáculo y el exhibicionismo –
    Artículos – Opinión – Cuba Encuentro –
    www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/la-logica-del-desfile-el-espectaculo-y-el-exhibicionismo-325523

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