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    57 años después – hacia un nuevo contrato para Cuba (I)

    57 años después: hacia un nuevo contrato para Cuba (I)
    Esa Revolución se apoya en la policía más que en la filosofía. Da
    primero un pan para ofrecer más tarde el castigo
    MANUEL CUESTA MORÚA, La Habana | Mayo 07, 2016

    Ofrezco, para compartir críticamente, una visión discutida en más de un
    lugar sobre lo que considero la deconstrucción progresiva y puntillosa
    de nuestro proyecto nacional. Cuba no es todavía una nación, sino un
    proyecto inconcluso. Lo hago en dos partes, no solo por las necesidades
    editoriales de un periódico, sino también para no cansar demasiado a los
    lectores con una escritura que puede llevar al tedio. Insisto, sin
    embargo, porque como muchos cubanos, siento la pulsión vital por mi
    país, tal como fue descrita por Manolín, el médico de la salsa, en su
    texto directo y de primer plano.

    Siempre es necesario pensar un país, pero después del fiasco de un
    Congreso escolástico, en el que los contenidos sustanciales de las
    palabras fueron las palabras mismas, pensar la nación, pluralmente,
    constituye un imperativo de supervivencia.

    ¿A dónde va la nación cubana? Casi todo el mundo coincide, para decirlo
    popularmente, en que estamos seriamente embarcados. Y como del embarque
    hay que salir de un modo razonable y civilizado, creo es necesario
    pensar y discutir, leer y releer, y sobre todo imaginar.

    Como hemos sido atrapados por procesos políticos muy duros, la gente se
    acostumbró y dejó impresionar e intimidar por la idea de que Cuba
    pertenece a un grupo “muy especial” de personas que se dan en llamar
    revolucionarios. Cubanos y extranjeros, todos, hemos aceptado esta
    clasificación, que puede tener mucha densidad y categoría, pero que no
    coincide con la cultura y la nacionalidad cubanas, que son las dos
    primeras condiciones de pertenencia a Cuba y a cualquier nación, y por
    encima de las cuales todo lo demás puede ser daño o beneficio colateral,
    según el ángulo de posición.

    Todavía hoy, después del desgaste casi grotesco de todos los
    significados más respetables del concepto de revolución –lo de la
    Venezuela de Nicolás Maduro es de espanto–, mucha gente se pone a la
    defensiva por desear cambios para Cuba, diciendo que ellos o no son
    contrarrevolucionarios o no quieren trabajar a favor del “imperialismo”
    sin percibir que el término contrarrevolución en Cuba puede adquirir ya
    la misma connotación que mambí, peyorativamente empleado por los
    españoles en el siglo XIX para referirse a los insurrectos cubanos, es
    decir a los independentistas. Esto vendría a significar que todavía
    están atrapados por la clasificación de los otros, sin discernir que el
    poder de la semántica coincide aquí, no tan extrañamente, con el poder
    de las armas. Y así no se vale. Al menos en el campo de las palabras y
    de las ideas. Al debate de las ideas en América Latina le ha faltado
    fuerza mental. Del lado de los demócratas.

    En todo caso, más allá de esta discusión, la pregunta fundamental que
    debe hacerse para no dejarse impresionar por la violencia psicológica
    del poder es quién define qué. Y la nación cubana no la define un grupo
    autoelegido, sino el ciudadano: el único legitimado para tales empresas.
    La Revolución como fuente de derecho es una concepción reaccionaria. Lo
    que se pasa por alto, quizá de manera oportunista, es que llega el
    momento en el que las revoluciones se hacen del poder, y ahí
    desafortunadamente no han diferido ni de las formas ni de las
    justificaciones de los modelos políticos más tradicionales. En muchos
    casos –el de Cuba es especial en este sentido–, han revivido modos y
    fundamentaciones que se suponían sepultadas por la modernidad. Una
    ironía simpática es que, una vez en el poder, las revoluciones utilizan
    sin tapujos y profusamente los conceptos de subversión y estabilidad
    para defenderse de sus adversarios. Los conceptos políticamente menos
    revolucionarios que podrían existir y que harían aplaudir a Metternich,
    aquel canciller austriaco que logró la confabulación más estruendosa y
    fina contra la Revolución francesa.

    La segunda cosa esencial es la constatación de que el ciudadano es el
    legitimador por excelencia, si queremos evitar el regreso a los Estados
    de origen más o menos divino.

    Necesitamos en Cuba definir un nuevo país por la historia, por los
    sujetos políticos y culturales, y por la mentalidad de sujetos y actores
    en y para un proyecto nacional inclusivo. Esta definición, desde luego,
    debe incluir una consideración sobre el contexto internacional para
    explicarnos nuestras opciones y posibilidades como nación, algo que en
    Cuba es fundamental, porque la nuestra se ha definido históricamente en
    términos negativos. A quién no debemos pertenecer, más que a quién
    pertenece la nación, es un antiguo dilema no resuelto.

    Cuba dejó pasar, a fines de los años 90 y principios de los años 2000,
    el comienzo de la nueva era, que en mi perspectiva se inició con el
    final del apartheid en Sudáfrica.

    El fin del apartheid en Sudáfrica fue la cruda expresión política de ese
    movimiento cultural, que mostró la inviabilidad ética de las hegemonías
    culturales en territorios poblados de diversidad. La solución
    reconciliatoria de Nelson Mandela captaba el mensaje de que el nuevo
    contrato sudafricano no podía basarse en una nueva hegemonía que
    arrinconara a las diversas tradiciones dentro de una misma nacionalidad.

    En el hemisferio occidental ese nuevo contrato empieza por Bolivia, con
    el ascenso de Evo Morales al poder como representante de la América
    ancestral olvidada y expoliada. Y aun cuando este ha venido repitiendo
    el mismo esquema de hegemonías contra el que luchó, su importancia está
    ahí: el hemisferio occidental se abre a ese movimiento cultural que
    define la nueva legitimidad de los contratos sociales y políticos del
    futuro: la diversidad cultural vehiculada a través del ciudadano político.

    La última y más vigorosa expresión de ese movimiento fue el ascenso de
    Barack Obama al poder en Estados Unidos. Su llegada introdujo un matiz
    que confirma la irreversibilidad de ese movimiento cultural: el ascenso
    de las minorías culturales, dada su capacidad para construir mayorías,
    al campo legítimo de las decisiones políticas.

    La nueva era comienza pues con dos poderes conectados: el poder de la
    diversidad para la reconstrucción civil de los Estados y el poder de la
    imaginación que esta diversidad provee para la solución de los problemas
    que el mundo ha heredado del exceso de hegemonías fundadas en criterios
    de superioridad. Es el triunfo claro de la nueva antropología y de su
    estética asociada, lo cual tiene pocos precedentes globales.

    Cuba, necesitada de firmar este nuevo contrato para estructurar un nuevo
    país, se aleja peligrosamente de esta corriente global, 57 años después
    del fracaso de su propio esquema de hegemonías.

    En julio de 2006 parecía que las autoridades cubanas se acercaban a la
    sociedad para entrar en esa nueva era, y para dar los pasos iniciales en
    dirección a este nuevo contrato. Diez años después, desaprovechan
    irresponsablemente la oportunidad, solo para contemplar cómo Estados
    Unidos le tomó la iniciativa dentro de este movimiento cultural, incluso
    dentro de Cuba.

    Más allá del contraste o la comparación entre las dos sociedades, el
    asunto es capital desde el punto de vista estratégico, debido al
    diferendo político y cultural que enfrenta al Gobierno cubano con la
    clase política estadounidense, y a la importancia de las decisiones
    políticas de Washington para el tipo de respuestas defensivas del
    Gobierno de Cuba.

    La parálisis en el proyecto –que no proceso– de “cambios estructurales y
    conceptuales” que exige el país viene a reflejar, en todo caso, tanto la
    falta de imaginación de la actual hegemonía política de Cuba como su
    incapacidad para absorber la fuerza, los elementos y las consecuencias
    civiles de nuestra propia diversidad cultural, lo que estaría poniendo
    en peligro la continuidad de Cuba como nación viable en el mediano y
    largo plazos.

    El peligro es también inmediato, aunque sus consecuencias sean
    estratégicas. La pérdida acelerada de confianza en el Gobierno acelera
    la pérdida del tiempo-confianza en la sociedad y, lo más importante, la
    confianza-país. El hecho de que cada vez más ciudadanos estén dispuestos
    a dejar atrás la ciudadanía revolucionaria a favor de la doble
    ciudadanía es una muestra de desconfianza en las posibilidades de Cuba
    como nación. Un mensaje de que en Cuba se puede vivir como español,
    francés, norteamericano o italiano, es decir, como ciudadano global,
    pero no como cubano.

    Hay aquí una primera ruptura fundacional que en estos momentos se
    enfrenta a otros dos peligros: el primero, la ausencia de liderazgo y
    visión del Gobierno para afrontar los desafíos del país en una época
    global; y, el segundo, su perseverancia metafísica en la idea de una
    Revolución que aceleradamente va perdiendo sus registros sociales para
    fortalecer sus registros punitivos. Esa Revolución se apoya en la
    policía más que en la filosofía. Da primero un pan para ofrecer más
    tarde el castigo.

    Source: 57 años después: hacia un nuevo contrato para Cuba (I) –
    www.14ymedio.com/opinion/anos-despues-nuevo-contrato-Cuba_0_1993600629.html

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