Apartheid en Cuba
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    Operación Carlota y sus secuelas en Cuba

    Operación Carlota y sus secuelas en Cuba
    La guerra de Angola, en la que la isla intervino durante 16 años, dejó
    una secuela de traumas personales, mutilaciones y locuras. Como todas
    las guerras.
    Iván García Quintero
    noviembre 04, 2015

    El 14 de noviembre, Michael Quintana hubiera cumplido 60 años. Pero hace
    dos años el exceso de alcohol lo mató de un infarto. Bebía mucho, comía
    poco y, a ratos, propinaba salvajes golpizas a su esposa e hijos.

    Era un inadaptado social. Un desequilibrado. Trabajaba de custodio en
    una cafetería por moneda dura al sur de La Habana y el dinero que ganaba
    se lo gastaba en tomar ron de cuarta categoría con sus amigos.

    No siempre fue así. En el verano de 1979, Quintana, navegó 15 días en un
    mercante comercial cubano hacia Luanda para participar en la guerra
    civil de Angola.

    Era soldado de las tropas especiales de la FAR: Un grupo de élite
    entrenado con esmero por instructores de la otrora URSS y asesores
    vietnamitas. En los dos años que estuvo en Angola vivió experiencias
    horribles, me contó.

    Regresó trastornado. Nunca recibió terapia médica. Como a todos los
    soldados diestros en el manejo del fusil, le costó adaptarse a la vida
    civil.

    Joel tampoco recibirá un diploma por su participación en la guerra de
    Angola. En el otoño de 1975 voló en un vetusto avión Bristol Britannia a
    Luanda como parte de la Operación Carlota, nombre clave que utilizó el
    Gobierno de Fidel Castro en la contienda.

    Dos veces más regresó a la selva angolana. Llegó a obtener el grado de
    Mayor. Quien lo conoció, quizás lo recuerde cantando música salsa en
    Acosta y 10 de Octubre, en la barriada habanera de La Víbora.

    Los vecinos le decían “Pedrito”, por su parecido físico con el cantante
    de la orquesta Los Van Van. Se vestía como un mamarracho y portaba un
    rústico bastón de madera. Cuando no estaba ebrio era un tipo sensato.

    Al que quisiera escuchar, le contaba la génesis de su delirio. Una noche
    cerrada, rodeado por tropas de Jonas Savimbi, le llegó una información
    que tres soldados angolanos bajo su mando colaboraban con la UNITA.

    En un juicio sumario fueron condenados a muerte. Para no develar su
    ubicación con una descarga de fusilería los ahorcó con sus propias manos.

    Esa pesadilla le dañó su conciencia para siempre. Joel murió andrajoso y
    borracho una tarde lluviosa de 2009.

    Jesús Morales era un piloto de categoría de aviones MIG. Un comunista
    tan convencido que lindaba con el fanatismo. Residía en un apartamento
    estrecho en el municipio Playa, al oeste de la capital.

    Estaba casado con una rusa y con ella tuvo una hija. Su demencia fue
    gradual. Espiaba a su familia y sus vecinos. Enviaba informes a la
    Seguridad del Estado sobre las personas del barrio que escuchaban Radio
    Martí y sobre disidentes como el matrimonio de Oscar Chepe y Miriam Leyva.

    En su intransigencia, llegó a prohibir en su casa el uso de divisas y la
    compra de cualquier mercancía que vendiesen en las shoppings. La
    legalización del dólar y la apertura al turismo fueron sus únicas
    diferencias con los Castro.

    Jesús murió de un derrame cerebral, solo y abandonado. Su esposa y
    su hija habían huido del infierno familiar.

    Casos como este abundan en la isla. La guerra de Angola, en la que Cuba
    intervino durante 16 años, dejó una secuela de traumas personales,
    mutilaciones y locuras. Como todas las guerras.

    Más de 300.000 soldados tomaron parte en el conflicto. Según cifras
    oficiales, 2.655 cubanos murieron en los combates o fueron víctimas de
    las minas terrestres y el fuego amigo.

    En su momento más crítico, Fidel Castro concentró 52.000 hombres y más
    de 1.000 carros de combate en el campo de operaciones. Desde una casona
    en el reparto Nuevo Vedado, apoltronado en una butaca de cuero negro,
    puntero en mano, dirigió a distancia las acciones bélicas, moviendo en
    una maqueta gigante tanques y soldados de calamina.

    Según él mismo ha contado, en su obsesión por conocer al detalle el
    teatro de operaciones, envió un equipo audiovisual de las Fuerzas
    Armadas para que filmaran el campo de batalla.

    Fidel Castro estaba al tanto del rancho que consumían sus tropas.
    Supervisaba personalmente el envío de chocolate, helado Coppelia y latas
    de sardinas.

    En la decisiva batalla de Cuito Cuanavale, orientó construir con premura
    una pista de aterrizaje para aviones MIG.

    Aun se desconoce el monto de dinero que dilapidó la autocracia verde
    olivo en la guerra civil angolana.

    Si la prensa oficial detalla que un día de guerra en Irak le costó a
    Estados Unidos cientos de millones de dólares, ¿cuánto le costaron a
    Cuba las contiendas africanas en Angola y Etiopía? Sobre todo conociendo
    que la guerra de Angola no contaba con el apoyo financiero de la URSS.

    Pero no sólo en materia económica o humana se debe evaluar el costo de
    la participación cubana en África.

    También hubo un coste geopolítico. Es cierto que gracias a la victoria
    militar cubana Namibia fue independiente y la Sudáfrica del apartheid
    tuvo que rubricar su rendición y, posteriormente, ante la fuerza de lo
    evidente, liberar a Nelson Mandela y aceptar el juego democrático.

    Pero se soslaya la alianza con la estrategia soviética,
    que entonces sostenía un diferendo con China: las tropas cubanas también
    combatieron contra Holden Roberto, que era financiado por Pekín.

    Cuando se analice racionalmente el rol que tuvo Cuba en la guerra entre
    Somalia y Etiopía, se podrá entender el vacío de poder actual en
    Mogadiscio. Fidel Castro apoyó en su momento al Gobierno de Siad Barre.

    Pero luego, cuando la Etiopia de Mengitus Haile Mariam se alineó con el
    marxismo, ayudó a las tropas etíopes a ganar batallas importantes en
    Ogadén. Después Somalia se ha erigido en un país sin ley. No sólo el
    “imperialismo yanqui” es el culpable. Pero más importante que la
    geopolítica es el factor humano.

    Cuando este 5 de noviembre se cumplan 40 años de la Operación Carlota,
    no se debe olvidar a los miles que regresaron de Angola dementes,
    mutilados o en un ataúd de madera. Un minuto de silencio por ellos.

    Source: Operación Carlota y sus secuelas en Cuba –
    www.martinoticias.com/content/operacion-carlota-y-sus-secuelas-en-cuba/108349.html

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