Apartheid en Cuba
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    La hora de las definiciones

    La hora de las definiciones
    Hay un absurdo y arbitrario procedimiento impuesto por Cuba que debe ser
    eliminado: el no reconocer a los ciudadanos norteamericanos de origen
    cubano el pasaporte de su país de nacionalidad, que es EEUU
    Rafael del Pino, EEUU | 25/08/2015 9:47 am

    Se hace muy difícil analizar y mucho menos especular qué motivos y fines
    condujeron a las conversaciones secretas que sostuvieron los gobiernos
    de Estados Unidos y Cuba durante más de un año antes de producirse el
    anuncio de ambos presidentes en diciembre pasado sobre el acuerdo de
    restablecer relaciones diplomáticas. El elevado grado de secretismo con
    que se produjeron estas conversaciones imposibilita hacer cualquier
    análisis objetivo y se caería en especulaciones subjetivas sobre qué se
    trató en ellas y como se realizaron dichos acuerdos iniciales. Como
    sentenciara Martí en su tiempo: “En política lo único verdadero es lo
    que no se ve”.
    Creo que el restablecimiento de relaciones diplomáticas era necesario
    para poder, como le dije a un viejo amigo a principios de enero, que el
    árbitro levantara su mano derecha y gritara “Play Ball”. Ya están ambos
    equipos en el terreno, ya se han discutido las reglas del juego, ahora
    solo nos queda a nosotros observar jugada por jugada el desarrollo de
    este histórico acontecimiento y como ciudadanos de este gran país
    influenciar en estas negociaciones.
    A pesar de cierto apresuramiento que se observa en la actual
    administración para lograr algunos objetivos, tengo la impresión que el
    camino no será tan fácil al haberse creado un sincretismo entre las
    medidas tomadas por ambos gobiernos durante más de medio siglo de
    enfrentamiento, que hacen extremadamente difícil al ejecutivo
    norteamericano convencer al Congreso de realizar cambios para
    flexibilizar el embargo existente. Este sincretismo hace que a pesar de
    que el gobierno cubano declare que no cambiará un milímetro en su forma
    de gobernar, Estados Unidos por su parte se ve imposibilitado de hacer
    algo que logre cambiar medidas existentes que afectan a ambos países. No
    alcanzaría el espacio de estos artículos para poder analizar la gran
    madeja de problemas a resolver en las negociaciones, por lo que citaré
    solo algunos ejemplos concretos que nos den una idea de los obstáculos a
    vencer.
    Por ejemplo, tanto Cuba como Estados Unidos desean que se produzca un
    flujo de turismo a la Isla sin restricciones. Sin embargo, las leyes
    establecidas en ambos países imposibilitan que esto suceda, dado el
    absurdo y arbitrario procedimiento impuesto por Cuba, que exige a los
    ciudadanos norteamericanos de origen cubano un pasaporte de su país de
    origen y no reconoce el pasaporte de su país de nacionalidad, que es
    Estados Unidos. Medida discriminatoria con sus nacionales cuando estos
    no exigen el mismo requisito a ciudadanos norteamericanos naturalizados
    de otros países ya sean irlandeses, noruegos o de cualquier otra
    nacionalidad del planeta. Por su parte Estados Unidos no puede violar su
    propia constitución creando un apartheid para las minorías cubanas, ya
    que todos los ciudadanos norteamericanos son considerados por su carta
    magna con iguales derechos y deberes. Y es aquí como decimos los cubanos
    que “se tranca el dominó”.
    Aceptar las reglas impuestas por Cuba en este sentido sería equivalente
    a aceptar que se vuelva a segregar en Estados Unidos a negros y blancos
    o a otros ciudadanos por el color de la piel, las religiones o creencias
    que profesen. Francamente, no creo que el Congreso norteamericano le dé
    luz verde al Presidente si este pretende aceptar las reglas cubanas que
    violan la constitución de Estados Unidos, por lo que considero que tiene
    que hacerse sentir la voz firme de millones de cubanos ciudadanos de
    este país. La pasividad puede abrir el camino para una injusticia más.
    La comunidad cubana residente en Estados Unidos, afectada por estas
    extorsiones, y que tanto se ha lamentado de que por vivir fuera de Cuba
    no pueden hacer nada ante las imposiciones de la tiranía castrista,
    tienen ahora con el restablecimiento de relaciones diplomáticas el
    primer campo de batalla para luchar por sus intereses y principios. Les
    respalda todo el derecho que les da la constitución norteamericana para
    unirse ante esta práctica segregacionista que impuso el castrismo, y que
    ahora corre el peligro de ser ignorada y aceptada por los que
    administran el país adoptivo al que pertenecen.
    Las batallas se ganan combate a combate. Los derechos se arrancan y no
    se mendigan. Esa embajada donde acaba de izarse la bandera
    norteamericana es ahora la primera trinchera de los millones de
    ciudadanos de origen cubano en Estados Unidos, y desde esa trinchera y
    desde cualquier parte del mundo pueden por primera vez hacer valer sus
    derechos.
    Los que querían relaciones para caer como buitres sobre los despojos
    dejados por el castrismo agonizante tendrán que morder la bala, porque
    en esta hora de definiciones habrá que contar también con el enorme
    potencial de esa masa que ya ha decidido el resultado final de dos
    elecciones presidenciales.
    Que no piense el castrismo que la avalancha de turistas que espera
    ansioso se va a dar aceptando su arrogancia e intransigencia. Ya estos
    no son los tiempos en que se cometió el error de dejarles el camino
    libre esperando que el país del norte les resolviera el problema. Ahora,
    esos millones de cubanos a los que despojaron de todas sus propiedades y
    expulsaron de la Isla como indeseables, son el país del norte.
    El otro ejemplo que quería mencionar es el de las contrataciones de
    trabajadores cubanos por parte de las posibles compañías norteamericanas
    que ya hacen planes de inversiones en la Isla. Como todos sabemos, el
    gobierno cubano practica un neo-esclavismo con sus ciudadanos, al estilo
    de las primeras encomiendas que la Corona española implantó en la Isla a
    principios de la colonización.
    Es decir, el gobierno cubano selecciona la mano de obra que necesitan
    las empresas extranjeras, se las ofrece a dichas empresas, cobra sus
    salarios en dólares y les paga a los trabajadores en pesos cubanos
    totalmente devaluados.
    Tampoco creo que el Congreso norteamericano acepte ser cómplice de estas
    prácticas esclavistas condenadas por la Organización Internacional del
    Trabajo. Nuestros hermanos en la Isla, obligados por la necesidad a
    aceptar esta explotación despiadada, no pueden hacer nada. Pero si esto
    llegase a pasar, los cubanoamericanos tienen todo el derecho que les da
    la constitución de Estados Unidos para denunciar ante los tribunales
    competentes, y ante todas las organizaciones internacionales que se
    oponen a estas prácticas, a los que se presten a ser cómplices del
    neo-esclavismo.
    Martin Luther King logró lo que parecía imposible, los cubanoamericanos
    también pueden.

    Source: La hora de las definiciones – Artículos – Cuba – Cuba Encuentro

    http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/la-hora-de-las-definiciones-323495

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