Apartheid en Cuba
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    De cómo las transiciones cubanas son diseñadas en Washington DC

    De cómo las transiciones cubanas son diseñadas en Washington DC
    El tema “Cuba” se piensa y se decide con mayor lucidez no en la
    Universidad de La Habana, sino desde la distancia de Georgetown University.
    Orlando Luis Pardo Lazo
    agosto 27, 2015

    Pobrecitos los incapaces cubanos: todo tuvo que ser pensado antes por
    nosotros. Hasta el último detalle de nuestro destino nacional tuvo que
    ser concebido antes por la academia norteamericana, un cuarto de siglo
    atrás, a inicios de los años 90. Fue una tesis que hoy debería ser sólo
    arqueología, pero que se ha convertido ahora en nuestro futuro fósil, en
    tanto nación a la desbandada.

    En efecto, el tema “Cuba” se piensa con mayor lucidez no en la
    Universidad de La Habana, sino desde la distancia de Georgetown
    University, por ejemplo. Allí, en el corazón conceptual de Washington
    DC, en 1993 se dibujó el boceto de la transición cubana del
    totalitarismo marxista al capitalismo de Estado, en un vuelo directo de
    la dictadura a la dictacracia, sin necesidad de hacer ni una sola escala
    técnica en la democracia. ¡Pobrecitos los ingobernables cubanos, que no
    sabríamos qué hacer con la libertad!

    Todavía hoy lo pueden comprobar por ustedes mismos en Amazon.com. Se
    trata de “Cuba in Transition, Options for U.S. Policy”, de Gillian Gunn,
    por entonces directora del Cuba Project, quien más tarde sería acusada
    sin consecuencias legales por Chris Simmons —oficial de Inteligencia ya
    retirado— de haber sido una agente de influencia del castrismo, lo cual
    ella tildó de ser un “sinsentido” (preposterous).

    En cualquier caso, la lógica del Tío Sam no podía ser más
    discriminatoria: ¿para qué otra sub-democracia tercermundista en el
    traspatio de la híper-democracia imperial? ¿Para mayor corrupción
    latino-administrativa y aún más violencia caribeño-continental? ¿Para
    otro fallido estado de derecho entre el buen salvaje y el buen
    revolucionario?, ¿No estaba ya el pueblo cubano acostumbrado a décadas
    de disciplina despótica y sin protestar?

    Es evidente que, desde la invasión militar yanqui de 1898 a la Isla,
    entre pseudo-repúblicas y súper-revoluciones locales, los pobrecitos
    cubanos no merecemos mucho más de cara a los Estados Unidos de América.
    “Todos somos americanos”, sí, como pronunció Barack Obama en su español
    de escuela elemental el 17 de diciembre pasado en la Casa Blanca. Pero
    “algunos son más americanos que otros”, como diría George Orwell de
    haber conocido ese discurso presidencial.

    La verdad de la verdad es que, lo que sería intolerable para el último
    de los ciudadanos norteamericanos, de pronto ha de ser tolerado por 12
    millones de cubanos en la Isla y otros 3 millones en nuestro exilio
    planetario: el castrismo es el criterio de la verdad; la Revolución es
    una fuente infalible de derecho a perpetuidad; nuestra soberanía no
    depende de la participación popular, sino de una élite corporativa-militar.

    Y este es un mensaje peligrosísimo que se le envía al resto del
    hemisferio desde Washington DC. La ley del más fuerte se impone
    pragmáticamente por encima de cualquier injusticia histórica y sistema
    inmoral. El derecho es propiedad privada de los que prevalecen (por eso
    en la constitución cubana aún se consagra el monopolio del Partido
    Comunista con impunidad).

    El apartheid migratorio, impuesto a un cuarto del pueblo cubano que no
    puede residir permanentemente en su propio país, es un factor que
    garantiza la estabilidad regional. Y mucho peor: los cadáveres cubanos
    carecen de prestigio internacional. Por eso, las Naciones Unidas se
    desentienden de los niños asesinados en el Estrecho de la Florida por
    órdenes de La Habana; por eso el atentado mortal contra Oswaldo Payá en
    julio 2012 no rompió el pacto secreto-diplomático entre Cuba-Estados
    Unidos-Unión Europea: porque el poder apoya siempre al poder, más allá
    de etiquetas ideológicas.

    Los cubanos libres que vamos quedando nos preguntemos si no será que a
    las naciones libres del mundo lo que les importa es conservar el statu
    quo cubano.

    Y este es un mensaje peligrosísimo también para el propio Washington DC:
    sus aliados hoy por hoy son sus antípodas. La democracia norteamericana
    siente culpa y se siente cobarde de fomentar la democratización. Están
    abandonando a su suerte a las víctimas, mientras se abrazan en cámara
    con el violador.

    Y en esta ecuación sin ética, Cuba no tendría por qué ser la excepción.
    En especial, cuando los destinos de la post-revolución cubana fueron
    concebidos con suficiente antelación desde la academia de Washington DC.

    En una línea análoga, Glenn Alexander Crowther publicó su folleto
    “Security Requirements For Post-Transition Cuba” en 2007, en este caso
    sobre la solución norteamericana al militarismo del clan Castro. Y aquí
    también, como en tantos otros analistas ejemplares de la cubanología
    Made in USA, todo luce tan nítido, tan balanceado, tan racional, tan
    políticamente impecable… Como si no estuvieran lidiando en Cuba con una
    mafia con vocación de muerte masiva con tal de perpetuarse en el poder,
    dispuestos incluso al holocausto de su propio pueblo, como quedó
    aterradoramente claro durante la Crisis de los Misiles Nucleares en
    octubre de 1962.

    Los últimos meses del presidente Barack Obama podrán ser más o menos
    decisivos para mi país, Cuba. Pero esos mismos últimos meses del
    dictador cubano Raúl Castro, paradójicamente no significarán nada. Su
    espuria promesa de dejar todos sus cargos en 2018 no cambia en absoluto
    la esencia obscena del castrismo. Pues ya no se trata de un “Cambio
    Fraude”, como lo denunciara en vida el mártir Oswaldo Payá, sino de un
    “Fraude Incambiable”. Y al concierto de las naciones libres del mundo
    —Estados Unidos incluido— no parece importarle en lo más mínimo.

    De ahí que los cubanos libres que vamos quedando nos preguntemos si no
    será precisamente al revés: que al concierto de las naciones libres del
    mundo —Estados Unidos incluido— lo que les importa es conservar el statu
    quo cubano, al estilo de ese slogan cínico de que “es mejor un castrismo
    conocido que otros criminales por conocer”.

    (Publicado originalmente en PanamPost el 24/08/2015)

    Source: De cómo las transiciones cubanas son diseñadas en Washington DC
    http://www.martinoticias.com/content/cuba-transicion-eeuu/103022.html

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