Apartheid en Cuba
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    Entre la Patria y el castrismo

    Entre la Patria y el castrismo
    ORLANDO LUIS PARDO LAZO | Washington | 19 Jul 2015 – 10:47 pm.

    ‘Este lunes la Cuba de Castro se reincorpora por fin al capitalismo de
    Estado posnacional, y también a la ristra de populismos represivos del
    hemisferio y más allá.’

    Julio es el mes de la injuria.

    En julio amaneció camuflado el castrismo, en aquel sangriento putsch del
    Cuartel Moncada, durante los carnavales de 1953. En julio, los Castros
    fusilaron a la plana mayor del Ejército y la Inteligencia castrista,
    para eludir la operación antidrogas norteamericana que ese fin de año de
    1989 derrocara a otro dictador caribeño, pero en Panamá. En julio, Fidel
    y Raúl Castro planificaron como castigo ejemplarizante la masacre de
    civiles —incluidos niños— en la cara cómplice del mundo, al hundir el
    remolcador “13 de Marzo” y rematar a los sobrevivientes ante las costas
    cubanas, en 1994. En julio, Raúl y Fidel Castro ordenaron la doble
    ejecución extrajudicial de los líderes del Movimiento Cristiano
    Liberación, Harold Cepero y Oswaldo Payá, en 2012, en un paraje de Cuba
    aún sin determinar.

    Los descendientes y ministros y descendientes-ministros de la familia
    Castro no son inocentes de semejante democidio, al estilo de una guerra
    civil de baja intensidad pero permanente y perversa implementación.

    Julio es el mes de las injusticias. Injusticias que, por más que sigan
    indignando a los cubanos —un pueblo secuestrado en su soberanía—, dejan
    indiferentes a muchos pueblos y gobiernos del mundo, síntoma de que en
    la aldea global la única solidaridad es la soberbia de los billetes y
    una violencia hoy ya sin signo ideológico.

    En julio, con gran jolgorio de magnates, prelados, y políticos títeres
    de los lobbies y las acciones bursátiles, capaces todos de pactar en
    secreto con los matones de su traspatio, se restablecen en este 2015 las
    relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos de América.

    Con las embajadas, aunque ambas existían de facto desde hacía casi 40
    años, se inaugura también el tan anhelado y largamente pospuesto fin del
    exilio cubano. Una nacionalidad cuyos humos han de ser ahora rebajados a
    menos que inmigrantes.

    A partir del 2015, los de la Isla seremos tratados por EEUU como mano de
    obra sumisa en sus estadísticas macroeconómicas, y nunca más como
    refugiados de un comunismo anormal e innormalizable, tal como los
    norcoreanos preocupan hoy a muy pocos salvo para caricaturizar la
    crueldad de uno tras otro Kim.

    A partir del 2015, los del exilio seremos tratados vengativamente como
    neonorteamericanos, sin otro “país de origen” que el tetragrámaton
    C-U-B-A en un pasaporte en pasado perfecto. Se expía así nuestra culpa
    en tanto cubanos por haber sido más angloparlantes que latinos y mucho
    menos hispanos; más profesionales solventes que minorías discriminables;
    más republicanos prodemocracia que intelectuales de izquierda; y, por
    supuesto, más blancos que lo recomendado, según la diversidad despótica
    impuesta hoy en EEUU desde la hipocresía, la envidia y una mediocridad
    mal intencionada.

    Este lunes 20 de julio la Cuba de Castro se reincorpora por fin al
    capitalismo de Estado posnacional, y también a la ristra de populismos
    represivos del hemisferio y más allá. Las autotransiciones dinásticas
    parecen indetenibles en todo el planeta, así sea de los Kims, los
    Kirchners, los Correas, los Evos, los Ortegas, los Maduros y los Castros
    —imitados acaso por el vodevil de los Clinton versus los Bush, ambos
    azuzados por las trompetillas de Trump.

    La fiesta de la falsificación cubana ha comenzado, y quien se oponga a
    la Administración Obama y a su tentación tiránica de resentimiento
    presidencial antiestablishment, será sacado de escena no solo por
    racista sino por contrarrevolucionario en la cuna misma de la
    contrarrevolución.

    Las grandes compañías y los bancos gigantes de una Norteamérica pigmea y
    patética son de pronto los progresistas, las fuerzas futuristas que
    catalizan lo que los cubanos no pudimos lograr a pesar de —o
    precisamente por— los incontables cadáveres que pusimos por delante.

    El mercado premia a quien prevalece, a quien controla al precio que sea
    a sus contemporáneos. Y a Fidel se le perdonan sus excesos de
    Somoza-Pinochet-Videla porque desde su clínica no de Londres sino de La
    Habana, nos da lástima su fenotipo de funeraria. Además, los muertos no
    cotizan bien ni siquiera en esta bolsa de la barbarie. El “vivo” en Cuba
    lo es ante todo porque ha quedado vivo a costa del otro. Los muertos de
    Bonifacio Byrne —bucólico al punto de la bobería— ya pueden ir bajando
    los brazos. O al menos usarlos para izar de nuevo, junto a la nuestra,
    el pabellón de las barras y las estrellas del buen vecino del norte.

    Nos resta, pues, apenas la precariedad de unos pocos testimonios
    atesorados entre el terror y la apatía. Nos queda la desmemoria como
    analgesia contra el apartheid, a ratos como denuncia terapéutica y a
    ratos como negación de ser el pueblo diaspórico que ya somos, minados
    por un totalitarismo siempre en fase terminal y siempre tan saludable
    como asesino.

    Mejor acostumbrémonos a que en julio como en enero los cubanos nos hemos
    quedado solos entre la patria y el castrismo. O, peor, acostumbrémonos a
    la pesadilla de ser para siempre la patria de un castrismo cuyos Castros
    son solo la macabra decoración. La esencia democida del sistema, su
    legado histórico o como se diga, recién está por renacer.

    Este es su momento.

    Source: Entre la Patria y el castrismo | Diario de Cuba –
    http://www.diariodecuba.com/cuba/1437338871_15809.html

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