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    Luces y sombras de la disidencia cubana

    Luces y sombras de la disidencia cubana
    En cada denuncia exigiendo democracia y respeto por los derechos
    políticos y económicos en su país, los disidentes transitan por un campo
    minado.
    Iván García Quintero
    agosto 12, 2014

    Disentir públicamente en una autocracia como la de los Castro es un acto
    de valor incuestionable. No creo que ningún opositor pacífico o
    periodista independiente tenga madera de mártir. Pero en cada denuncia
    exigiendo democracia y respeto por los derechos políticos y económicos
    en su país, los disidentes transitan por un campo minado.

    Que va desde una paliza, linchamientos verbales de corte fascista y la
    amenaza real de ser sancionado a muchos años de cárcel. La historia de
    la disidencia cubana es tan larga como la revolución de Fidel Castro.

    Los métodos han variado. Pero no el propósito: que Cuba se convierta en
    una nación democrática. Los verdaderos artífices de las tímidas reformas
    que implementa el General Raúl Castro son los disidentes y periodistas
    independientes.

    Antes que el régimen de los hermanos de Birán diseñara reformas
    económicas, la ilegal oposición pacífica demandaba aperturas en pequeños
    negocios, el sector agrario y la derogación del apartheid en el ámbito
    informativo, tecnológico o turístico que convertía al cubano en
    ciudadano de tercera clase.

    No fue el presidente Raúl Castro y su séquito de tecnócratas encabezados
    por el zar de las reformas económicas, Marino Murillo, los primeros en
    demandar cambios en la vida nacional. No. Cuando Castro I gobernaba la
    isla cual si fuese un campamento militar, los actuales ‘reformistas’
    ocupaban puestos más o menos relevantes dentro del gobierno y las
    fuerzas armadas.

    Ninguno alzó su voz públicamente para exigir reformas. Nadie dentro del
    establishment se atrevió a escribir un artículo pidiendo
    transformaciones inmediatas de corte económico o social.

    Si tales cuestiones se discutían en reuniones del Consejo Estado, los
    ciudadanos no nos enteramos. La aburrida prensa nacional jamás publicó
    una nota editorial sobre el rumbo o los cambios que debía emprender
    Cuba. Quizás la iglesia, en alguna carta pastoral, con tono mesurado,
    abordó ciertas aristas. Los intelectuales que hoy se nos presentan como
    políticos de una izquierda moderna también callaban.

    Quien sí levantó la voz públicamente fue la disidencia interna y gran
    parte del exilio cubano.

    A fines de los 70, cuando Ricardo Bofill fundó el Comité Pro Derechos
    Humanos, además de reivindicar cambios en materia política y respeto por
    las libertades individuales, demandaba aperturas económicas y
    transformaciones jurídicas en el derecho a la propiedad.

    A raíz del surgimiento de la prensa independiente en 1995, se pudieran
    imprimir varios tomos de artículos reclamando mayor autonomía económica,
    política y social en la vida de los cubanos.

    Si algo no ha faltado en la disidencia son programas políticos. Gran
    cantidad de documentos se han lanzado en los últimos 45 años, uno detrás
    del otro. Y todos, desde los redactados en la etapa de Bofill, pasando
    por La Patria es de Todos de Martha Beatriz, Vladimiro Roca, René Gómez
    Manzano y Félix Bonne, el Proyecto Varela de Oswaldo Payá hasta La
    Demanda por otra Cuba de Antonio Rodiles o Emilia de Oscar Elías Biscet,
    han reclamado más libertades ciudadanas.

    A la oposición local se le puede criticar por su escaso margen de
    maniobra dentro de la comunidad. Pero no debemos soslayar sus méritos
    indudables en la petición de reivindicaciones económicas y políticas.

    Las actuales reformas económicas establecidas por Castro II dan
    respuesta a varias demandas medulares planteadas por la disidencia. No
    pocos opositores sufrieron golpizas, acosos y encarcelamientos por
    reclamar algunos de los actuales cambios que el régimen pretende
    anotarse como sus triunfos políticos.

    Las derogaciones de absurdas prohibiciones como la venta de casa y
    autos, viajes al extranjero o acceso a internet, han sido un discurso
    permanente dentro las propuestas disidentes.

    No podemos pasar por alto que mientras en una época el temor,
    conformismo o indolencia colocaban un zipper en la boca a mucha gente,
    un grupo de compatriotas exigían reformas y libertad de expresión a
    riesgo incluso de sus vidas.

    Actualmente, mientras el debate de algunos intelectuales cercanos al
    régimen se centra en el aspecto económico, como si los derechos
    políticos no fueran también inalienables, los opositores continúan
    reivindicando aperturas políticas.

    Ellos pudieron ser abuelos que cuidaban de sus nietos. O funcionarios
    del Estado que discurseaban sobre la pobreza y la desigualdad,
    manteniendo dos comidas al día, autos con choferes y viajando por medio
    mundo en nombre de la revolución.

    Decidieron apostar por la democracia. Pero esa dosis de heroísmo
    indudable que significa levantar la voz en una sociedad autocrática, no
    puede soslayar las sombras de nuestra disidencia.

    La corrupción, nepotismo, falta de transparencia y el absurdo
    ‘finquismo’ personal en el que se transforman casi todos los proyectos
    opositores debiera acabar. Los involucrados en un cambio democrático en
    Cuba saben de lo que hablo.

    Entre los disidentes, se ha vuelto habitual conversar sobre tropelías,
    tráfico de influencias y robos de dinero de algunos líderes disidentes.
    Ocurre que opositores al frente de asociaciones o grupos, rehúyen
    contestar acerca del dinero, la cifra que reciben y cómo la administran.

    Tratan el tema monetario como si fuese ‘secreto de estado’. Pero las
    financiaciones de ONGs gubernamentales o privadas, son asunto público en
    Estados Unidos y Europa. No es difícil averiguar las cantidades y los
    nombres de las personas o grupos a los cuales van destinados.

    Hay varias reglas que debieran cambiar, para que en el futuro la
    disidencia en Cuba no se transforme en partidos e instituciones corruptas.

    La primera: la cantidad de dinero recibida debiera ser del conocimiento
    de cada uno de los integrantes del grupo, asociación o proyecto.

    La segunda: por mayoría de votos, se debiera decidir de qué forma se
    debe gastar o priorizar esos fondos.

    La tercera: las decisiones del grupo también debieran ser consensuadas.
    Sea un viaje al extranjero de capacitación o para hacer lobby político o
    el ingreso de un nuevo miembro.

    La cuarta: las críticas abiertas a los métodos de dirección o
    estrategias no debieran ser óbice para expulsar de manera arbitraria a
    un miembro.

    En grupos disidentes están ocurriendo otros fenómenos negativos y
    preocupantes. Como el manejo de fondos al libre albedrío del líder o
    jefe y declararle guerras sucias a otros grupos con la intención de
    ningunear y destrozar sus planes.

    En los últimos tiempos, se han creado movimientos que parecen empresas
    familiares o clanes de mafiosos leales a un capo. Hay opositores que se
    han convertido en ‘agentes de viajes’ y con una estancia en el
    extranjero, ‘premian’ a sus socios más incondicionales. Otro giro de 180
    grados que debiera hacer la oposición es de carácter estratégico.
    Trabajar para la comunidad. Sus mejores aliados políticos son sus
    vecinos en el barrio.

    Los cubanos están disgustados con el estado de cosas. Se debiera
    capitalizar ese enojo. Los logros de disidentes al estilo de Antonio
    Rodiles, Manuel Cuesta Morúa, Martha Beatriz, Elizardo Sánchez o José
    Daniel Ferrer, no debieran ser terreno fértil para la formación
    incipiente de un caudillismo de nuevo tipo. Creo que estamos a tiempo de
    atajarlo.

    Source: Luces y sombras de la disidencia cubana –
    http://www.martinoticias.com/content/cuba-disidencia-luces-sombra-/72152.html

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