Apartheid en Cuba
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    Obama, Raúl Castro y Sudáfrica

    OPINIÓN

    Obama, Raúl Castro y Sudáfrica
    CARLOS ALBERTO MONTANER | Miami | 14 Dic 2013 – 4:37 am.

    El desaparecido apartheid y la dictadura de los Castro se han erigido
    sobre disparatadas teorías que conducen al atropello y el autoritarismo.

    El diario Granma no reprodujo el discurso de Barack Obama en Sudáfrica.
    Era humillante para Raúl Castro. Tras el protocolar apretón de manos,
    Obama explicó que no se debía invocar en vano el nombre de Mandela. No
    era aceptable celebrar la vida y la obra del líder desaparecido y
    perseguir a quienes sostienen ideas diferentes a las oficiales. Eso se
    llama hipocresía.

    Raúl, cuando leyó su discurso, sin proponérselo, le dio la razón a
    Obama. Sin ningún recato celebró la diversidad como si él presidiera la
    Confederación Helvética. Mientras hablaba, en Cuba se recrudecía la
    represión contra los demócratas a golpes, patadas y calabozos. El
    espectáculo encarnaba la idea platónica de la hipocresía.

    Para entender a Cuba es razonable acercarse a Sudáfrica. Hay muchas
    similitudes entre el desaparecido apartheid y la dictadura de los
    Castro. Los dos sistemas se erigieron sobre disparatadas teorías que
    conducían al atropello y el autoritarismo.

    El apartheid sudafricano se nutría de la vergonzosa tradición
    norteamericana de la segregación racial, edificada sobre el sofisma de
    “dos sociedades iguales, pero separadas”, modelo originado en la
    pretendida superioridad de los blancos, forjado con la copiosa
    “legislación de Jim Crow” en la mano. Cuando el Partido Nacional de
    Sudáfrica, en 1948, hizo suya esa filosofía, y posteriormente fragmentó
    el país en bantustanes, echó las bases del horror.

    La dictadura cubana, a su vez, se sustenta en las supersticiones del
    marxismo-leninismo. Los comunistas tienen el privilegio exclusivo de
    organizar la convivencia cubana. Lo dice, incluso, la Constitución. Los
    ampara la certeza de la superioridad “científica”. No puede haber otras
    voces, porque ellos, a través del Partido, son la vanguardia del
    proletariado, esa clase sobre la que se articula, no se sabe por qué, el
    devenir de la historia.

    Aquella infame Sudáfrica, felizmente desaparecida, estaba básicamente
    dividida en dos castas raciales: de una parte los blancos, con todos los
    derechos y privilegios, y de la otra los negros y mestizos, súbditos de
    segunda categoría (ni siquiera eran ciudadanos).

    Cuba está dividida en dos castas ideológicas: los comunistas y sus
    simpatizantes “revolucionarios”, dotados de todos los derechos, frente a
    los indiferentes y los opositores, calificados como gusanos o escoria, y
    tratados y maltratados con el mayor desprecio. Incluso, se les veda el
    acceso a los estudios universitarios porque se ha proclamado,
    insistentemente, que “la universidad es para los revolucionarios”.

    Los defensores de la segregación racial y del apartheid sudafricano
    legislaron sobre los sentimientos de las personas. No se podía amar a
    una persona de otra raza. No se podía tener relaciones sexuales con
    ella. No era posible el matrimonio interracial. Ni siquiera las caricias
    y los besos.

    Los defensores de la dictadura cubana decretaron que no se podía tener
    vínculos afectuosos con exiliados, presos políticos u opositores. Se
    rompieron los lazos entre padres e hijos, entre hermanos, entre amigos.
    A veces se quebraron las parejas. Los matrimonios con extranjeros no
    eran bien vistos. Se creó la extraña categoría del “desafecto”. La
    policía política vigilaba a las mujeres de los cabecillas comunistas,
    civiles y militares, para notificarles a los maridos cualquier
    adulterio. La revolución también era la dueña de la entrepierna de las
    mujeres.

    Frente al horror del apartheid, numerosos países comenzaron a presionar
    para producir un cambio de régimen. Había que hacerlo. Era lo decente:
    acabar con esa viscosa bazofia y sustituirla pacíficamente por un
    sistema plural basado en el consenso, la democracia y la igualdad ante
    la ley. Para lograrlo se produjo un embargo económico auspiciado por la ONU.

    Ante ese acoso internacional, el gobierno blanco de Pretoria puso el
    grito en el cielo e invocó sus leyes y su constitución peculiares. Decía
    ejercer su derecho soberano a la autodeterminación, pero no le hicieron
    caso. Por encima de esa vil coartada “nacionalista” estaba la decencia:
    no se podía maltratar impunemente a la población negra, como si
    estuviera compuesta por animales.

    Estados Unidos, que vaciló, cobardemente, ante el embargo internacional
    contra Sudáfrica (finalmente se sumó), en el caso cubano es uno de los
    pocos países del planeta que presiona en el terreno económico con el
    objeto de cambiar un régimen totalitario e injusto por otro democrático,
    plural e incluyente.

    Eso es lo coherente. Contribuir a que ese pueblo se libere, como sucedió
    en Sudáfrica. Supongo que, según Obama, esa es la mejor manera de honrar
    a Mandela.

    Source: “Obama, Raúl Castro y Sudáfrica | Diario de Cuba” –
    http://www.diariodecuba.com/internacional/1386992230_6344.html

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