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    Cuba y Fidel Castro: más allá de su cumpleaños 86

    Fidel Castro, Cambios

    Cuba y Fidel Castro: más allá de su cumpleaños 86

    En lugar de centrarse en un patriarca de 86 años, la comunidad

    internacional, particularmente en Estados Unidos, debería constatar las

    tendencias generales en la política y la economía de Cuba, expresa el

    autor de este artículo

    Arturo López-Levy, Denver | 28/08/2012 12:10 pm

    Independientemente de cuánto tiempo dure su vida, Fidel Castro juega un

    papel influyente en la formación del discurso político en Cuba. Fidel

    fue el líder más popular en una generación de cubanos, un gigante

    político que alcanzó dimensiones mundiales durante la guerra fría y el

    ascenso del Tercer Mundo en los asuntos internacionales. Como ha dicho

    el profesor de la Universidad de Harvard, Jorge Domínguez, de haber

    habido elecciones competitivas en los años 1960, Fidel Castro las

    hubiese ganado. No tuvo oportunidad. En 1959, en plena guerra fría, EEUU

    no iba a tolerar un líder nacionalista ni socialista, partidario de

    políticas que deteriorarían la unanimidad anticomunista del hemisferio.

    El derrocamiento del gobierno democrático de Jacobo Arbenz en Guatemala

    en 1954 y el genocidio que sucedió a la victoria contrarrevolucionaria

    en ese país es demostración de ello. Si en las revoluciones se cometen

    abusos y excesos condenables, las contrarrevoluciones son peores.

    Como dijo Winston Churchill: "Nada es más emocionante que le disparen a

    uno sin resultados".

    Castro asumió el reto, usando cuanto medio tuvo a su alcance,

    democrático o no. Ningún líder cubano ha sido capaz de encantar con su

    oratoria; llevar entusiasmo a sus seguidores y sembrar pánico en sus

    enemigos como lo hizo Fidel Castro. Su carisma sin duda fue una

    importante fuente de legitimidad del Partido Comunista, pero también

    atrajo a muchos cubanos con sus escritos, ideas y discursos. Sus

    opositores fueron despojados de propiedades, reprimidos, perseguidos y

    condenados con toda la saña que desata una revolución y sus contrarios.

    Una aureola de invencibilidad y genio comenzó a rodearlo.

    En el análisis sobre Cuba, un enfoque centrado en Fidel siempre fue

    insuficiente. Primero, porque las gestas de la revolución no fueron obra

    fundamentalmente de grandes hombres, sino del pueblo cubano y sus

    circunstancias. Fueron campesinos, carpinteros, albañiles, médicos,

    maestros e ingenieros los que derribaron la tiranía de Fulgencio

    Batista, libraron las batallas en Angola contra las tropas del

    Apartheid, curado a miles de enfermos por el tercer mundo y resistido

    las escaseces provocadas por el sesgo anti-mercado de las políticas del

    Gobierno cubano y el embargo estadounidense contra la soberanía de Cuba.

    Segundo, porque es imposible rastrear cuánto de las políticas de Fidel

    fueron el resultado de sus propias opiniones y cuánto sus campañas

    fueron el resultado de influencias sembradas por los diferentes

    intereses en la estructura de poder de Cuba.

    Dicho esto, es innegable que el estilo de dirigir de Fidel Castro marcó

    la forma de ejercer el poder en Cuba. Cuando Fidel se comprometía a una

    política, por sí solo se convertía en la coalición mínima vencedora en

    el debate de estrategias. La política a nivel de los funcionarios

    consistía en adivinar y proponer lo que ayudaría a la estrategia de

    Fidel. Esto limitó la retroalimentación sobre los efectos de las

    políticas en curso, sus alternativas y los flujos de información del

    sistema.

    El estilo de Fidel casi nunca consistió en dirigir desde atrás, sino en

    comprometerse de antemano y reclutar seguidores para su línea trazada.

    Por esta razón el modelo de "Fidel en el timón" terminó cuando él

    enfermó en 2006. Fidel ya no es la fuerza decisiva en la supervivencia

    política del Gobierno ni en las discusiones internas del Partido

    Comunista Cubano. En parte por diseño y, en parte por efecto, la

    institucionalización del Estado y las reformas económicas propuestas en

    los "Lineamientos Económicos y Sociales" (Social y orientaciones

    económicas) del PCC implican un retiro parcial del Estado de importantes

    espacios sociales y sectores de la economía. El liderazgo y el carisma

    de Fidel fueron obstáculos cardinales para estos dos procesos. El líder

    indiscutido de la revolución, que nunca fue un "primo inter pares",

    desplegó consistentemente un marcado sesgo contra los mecanismos de

    mercado, prefiriendo, como buen revolucionario, la agitación y las

    campañas a la organización metódica de normas e instituciones.

    Fidel fue no solo el principal creador de las instituciones de la Cuba

    posrevolucionaria, sino también el líder carismático que redujo su

    importancia, ignorándolas según su parecer o inconscientemente. En sus

    declaraciones, Fidel Castro abogó siempre por el "centralismo

    democrático" y un "liderazgo colectivo", no un culto de la personalidad,

    pero en la práctica, su carisma y forma de gobernar impidieron la

    institucionalización de un gobierno republicano, con poderes divididos,

    basado en reglas y leyes. El Gobierno estaba donde Fidel; sus

    prioridades eran automáticamente las del Estado.

    La recientemente aprobada propuesta del PCC de limitar todos los

    mandatos del Partido y del Estado a un máximo de dos periodos de cinco

    años era impensable bajo su égida. Cuando el tema se discutió una vez en

    su presencia, los proponentes temblaron ante su sugerencia de que ellos

    podían implicar que el mecanismo se aplicara a él.

    Una nueva situación

    El compromiso de Raúl Castro con las reformas económicas y la

    institucionalización ha abierto la discusión de nuevas ideas dentro de

    la estructura de poder y el discurso político, que eran impensables con

    Fidel al mando. Proposiciones a favor de una ampliación del papel del

    mercado en la economía cubana, la diversificación de la estructura de

    propiedad y la ampliación de la función del derecho y las normas en el

    funcionamiento del Gobierno y el Partido Comunista se discuten

    abiertamente, y algunas medidas, todavía insuficientes, se han comenzado

    a implementar.

    Esta tendencia no es parte de una transición a una democracia

    multipartidista, pero encarna un mejoramiento de los flujos de

    información entre gobernantes y gobernados; avanza los mecanismos de

    retroalimentación informativa y la expresión de intereses dentro de la

    sociedad y las élites cubanas. El discurso público está rompiendo la

    homogeneidad de épocas anteriores, no sólo en las publicaciones de las

    comunidades religiosas o revistas con orientación reformista como Temas,

    sino también en las publicaciones asociadas al sistema. Artículos en

    periódicos y radios en las provincias y hasta Granma, el órgano oficial

    del Partido Comunista, están hablando de la necesidad de separar el

    Partido del Gobierno, pidiendo una aceleración de los cambios económicos

    y el proceso de descentralización y transferencia de poder a las

    provincias y municipios.

    También la proyección internacional está cambiando. Durante el liderazgo

    de Fidel Castro, especialmente antes de 1989, el PCC se empeñó en

    promover un orden mundial alternativo. Cuba bajo Fidel, como lo demostró

    el periodo del presidente Carter, no buscaba acomodos realistas para un

    nacionalismo viable centrado en el desarrollo económico, sino —para usar

    la paráfrasis del profesor Jorge Domínguez de Harvard, sobre una

    expresión idealista de Woodrow Wilson— "un mundo seguro para la

    revolución". El internacionalismo solidario entre las fuerzas opuestas

    al orden hegemónico capitalista, prevaleció sobre el nacionalismo como

    el principio rector de la política exterior de Cuba.

    Ese balance está cambiando. En el reciente discurso de Raúl Castro en

    Guantánamo el 26 de julio predominaron las narrativas nacionalistas y su

    uso para resistir las propuestas de democracia representativa como

    imposición externa, tema en el que las respuestas opositoras aparecen

    tan perdidas como una vaca con espejuelos oscuros en un cine. El énfasis

    en la revolución como una solución a una historia de humillación

    nacional y cuestiones como el crecimiento económico y el orden público

    emergen con fuerza en el discurso oficial. La lucha contra el embargo de

    Estados Unidos es el más fuerte factor unificador en la élite y entre el

    PCC y la población.

    Cuando Fidel se enfermó en 2006, el exilio anticastrista en Miami

    reservó el Orange Bowl para la celebración anticipada de su muerte. En

    el cono sur de África, donde las tropas cubanas fueron claves aliados en

    la derrota del Apartheid, los pueblos y líderes de Sudáfrica, Namibia y

    Angola inmediatamente expresaron pesar. ¿Qué pasaría en Cuba cuando

    muera Fidel Castro? Un funeral. La muerte de Fidel Castro acelerará los

    procesos de reforma económica y la institucionalización, pero es

    importante no exagerar su impacto actual en la formulación de políticas

    de Cuba. Él es un ex jefe de estado, acomodado a la condición de

    patriarca de la izquierda radical latinoamericana. La historia de los

    últimos cinco años ha probado que todos los que pronosticaron un colapso

    del régimen cubano en la ausencia de Fidel Castro en la cúspide, e

    incluso recomendaron políticas basadas en esa premisa, se equivocaron.

    Fidel Castro no es Cuba. En lugar de centrarse en un patriarca de 86

    años, la comunidad internacional, particularmente en Estados Unidos,

    debería constatar las tendencias generales en la política y la economía

    de Cuba. Los procesos de liberalización, institucionalización y

    conversión hacia una economía mixta tienen importantes implicaciones

    políticas democratizadoras pues abren puertas a una mayor

    diversificación y autonomía de la sociedad civil.

    En la acción de los factores externos hacia Cuba es importante

    considerar que la promoción de una economía mixta y la liberalización de

    su sistema político no son metas reñidas entre sí. Por el contrario se

    complementan. Aun así, hay momentos en que dilemas aparecen entre esos

    objetivos en el corto y mediano plazo. Desde una perspectiva realista de

    política exterior, la prioridad debe ser apoyar la liberalización

    económica y social (por ejemplo la reforma migratoria) evitando

    interferencias políticas de mano pesada. El centro de cualquier denuncia

    debe estar en acrecentar la posibilidad de que los beneficios de la

    nueva economía lleguen a la franja creciente de pobres y en aumentar la

    transparencia en el manejo de los bienes públicos. Priorizar elecciones

    multipartidistas y reclamaciones de propiedades es comenzar

    irresponsablemente por el final.

    Una cuestión central es si las reformas económicas de Raúl Castro pueden

    alterar la dinámica política y la distribución del poder no solo en Cuba

    sino en la comunidad cubana de Estados Unidos y el debate sobre el

    embargo. ¿Qué pasaría si una oposición leal recoge el guante lanzado por

    Ricardo Alarcón sobre las posibilidades de competir dentro del sistema y

    comienzan a postularse en las elecciones del Poder Popular? ¿Con qué

    proporciones se dividiría la comunidad cubano-americana en torno a las

    sanciones si las reformas económicas y migratorias flexibilizan la

    posibilidad de retorno a la Isla y la inversión de cubanos residentes en

    el exterior como parte de los nuevos procesos?

    Si ningún otro factor cambia, una economía cubana orientada al mercado,

    con un vibrante sector no estatal, crearía un círculo virtuoso de

    ampliación de libertades y posibilidades de viabilidad económica,

    fortaleciendo las presiones para eliminar las sanciones de EEUU. Tal

    paso fortalecería el apetito para más aperturas en Cuba. Vale la pena

    notar que la antipatía generada por Fidel entre algunos segmentos del

    público estadounidense y la comunidad cubana de Estados Unidos no es

    transferible a ningún otro líder, ni siquiera a su hermano Raúl. Es un

    regalo que Fidel Castro nos dejó en su cumpleaños 86.

    http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/cuba-y-fidel-castro-mas-alla-de-su-cumpleanos-86-279587#

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