Apartheid en Cuba
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    Cuba: el caso Hilda Molina y la política de avanzar en diagonal

    28 de Mayo de 2008 |13:38
    Cuba: el caso Hilda Molina y la política de avanzar en diagonal
    Infobae

    Hilda Molina.

    El significado de la decisión adoptada por Raúl Castro, permitiendo
    venir a la Argentina a la madre de Hilda Molina, la científica que por
    tener disidencias con el régimen no puede salir de la isla para
    reencontrarse con su hijo y conocer a sus nietos. Razones ocultas de un
    caso emblemático.
    por Claudio Fantini

    Como las señales anteriores, este paso se caracteriza por la media tinta
    y por estar justo al borde de la contradicción. Pero también por ser
    auspicioso, inmensamente esperanzador, ergo, indudablemente positivo.

    El doctor Roberto Quiñones espera a su madre, no ve la hora de abrazarla
    y hacerla conocer a sus nietos, o sea los hijos que él tuvo en el exilio
    que lo trajo a la Argentina. Sin embargo, cuando la puerta de Cuba se
    entreabrió, fue para que sólo salga Hilda Morejón Serantes, la madre de
    la neurocirujana sometida a un castigo prometeico, y abuela de Roberto
    Quiñones, por tanto bisabuela de los niños que nacieron y crecieron tan
    lejos de la isla.

    La primer apertura promovida por Raúl Castro fue el permiso para que los
    cubanos puedan alojarse en los grandes y lujosos hoteles que, hasta
    ahora, sólo podían disfrutar los turistas extranjeros que llegan con
    dólares o euros. Se trata en gran medida de un derecho abstracto, porque
    la inmensa mayoría del pueblo isleño no puede pagar las siderales
    tarifas hoteleras. Sin embargo, esa abstracción resultó dignificante,
    porque la existencia de hoteles e inturis (tiendas exclusivas para
    extranjeros) vedados para ellos, generaba la sensación humillante de
    espacios de apartheid.

    Algo parecido ocurre con la venta de computadoras y telefonía celular,
    inaccesibles para casi todos. Muchos piensan que permitir lo
    inalcanzable se parece más a una burla que a una reforma modernizadora.
    Sin embargo, esas marchas en diagonal están resultando estimulantes para
    la sociedad, y lo que faltó a la economía durante el mando absoluto de
    Fidel fueron, precisamente, estímulos.

    La misma lógica de avance en diagonal rigió el cambio provocado por Raúl
    Castro al caso de la científica que, por ser disidente, recibió una
    condena sin juicio: la prohibición de viajar al exterior para
    reencontrarse con su hijo y conocer a sus nietos. Una sentencia
    kafkiana, porque no fue resultado de un juicio justo (ni siquiera hubo
    juicio) y porque, como al personaje de la novela El Proceso, del genial
    autor checo, jamás se le dijo de qué se la acusa.

    Salvando la distancia en condiciones infrahumanas de vida, el caso Hilda
    Molina es el equivalente cubano de lo que Ingrid Betancourt significó
    para las FARC. Desde hace diez años, decenas de personas sufren en la
    selva colombiana los padecimientos de un campo de concentración, pero
    fue la imagen de la ex candidata presidencial marcada por el inmenso
    dolor la libertad perdida y la lejanía de sus hijos, escuálida y
    agobiada por insoportables fatigas lo que sacudió al mundo. Pocos
    segundos de imagen dimensionan la monstruosidad de arrebatar a una
    persona su libertad y el derecho de estar con sus hijos, sin acusarla
    absolutamente de nada. Esos segundos fueron más efectivos que los
    helicópteros artillados de Uribe a la hora de dañar a la guerrilla más
    antigua del continente. Lo curioso es que fue la propia FARC la que
    mostró al mundo la evidencia de su desvarío cruel.

    Fidel Castro nunca explicó por qué condenó a Hilda Molina a la reclusión
    insular que le impide reencontrarse con su hijo y conocer a sus nietos.
    En toda la faz de la tierra, a ningún condenado se le prohíbe ver a sus
    hijos y nietos. Claro que hay un argumento, según el cual nadie impide
    el reencuentro familiar, ya que Roberto Quiñones ha recibido el permiso
    de volver a la isla, con sus hijos si él lo quiere, para reunirse con
    las abuelas cautivas.

    Tal argumento encierra una ironía atroz. Si el médico radicado en la
    Argentina no va a La Habana es porque teme luego no poder salir. ¿Por
    qué debería aceptar las garantías que le ofrece el gobierno que aplica a
    su madre una condena kafkiana? No es una paranoia descabellada, sino un
    lógico temor. Al fin de cuentas, cuando salió de Cuba con permiso para
    participar en un congreso en Asia, en la sala de embarque un empleado le
    dijo que él y su esposa argentina debían correr y subir rápido al avión,
    porque los agentes del aeropuerto José Martí estaban a punto de recibir
    la orden de impedirles la salida.

    Además, el propio Quiñones había denunciado hostigamientos desde cuadros
    dirigenciales por haber decidido casarse con una mujer extranjera (su
    esposa es argentina y por eso el exilio trajo al médico a Buenos Aires).

    Acentúa la gravedad del caso Hilda Molina, el hecho de que se trata de
    una mujer que entregó los años jóvenes a colaborar con la revolución, y
    la científica que más aportó a la celebridad que Cuba tiene en el campo
    de la medicina.

    A pesar de tener un conciente intelectual elevadísimo, Hilda Molina se
    recibió un par de años más tarde por dedicarse de lleno a la tarea de
    voluntaria de la campaña alfabetizadota, que realizó el por entonces
    flamante gobierno revolucionario.

    No fue su único aporte al socialismo y, entre tantos, el más destacado
    está en el campo de la neurocirugía, el terreno en el que Cuba alcanzó
    indudablemente en posiciones de vanguardia, ya que en otras áreas de
    la medicina la propaganda puede ser mayor al verdadero nivel logrado.

    Lo más curioso (o sugestivo) es que Fidel Castro, quien profesa devoción
    por los científicos, fue un admirador de la doctora que creó el
    instituto de neurocirugía que constituye el mayor logro de la medicina
    cubana, y que le dio a Cuba fama internacional como potencia en ese
    campo de la salud.

    ¿Por qué pasó del amor al odio? Lo que está a la vista en esta extraña
    historia es que la científica más condecorada y premiada que tiene la
    revolución, comenzó a cuestionar algunos aspectos del sistema médico.
    Por caso, denunció públicamente que el régimen obligó a su instituto a
    reservar las mejores tecnologías y tratamientos para los extranjeros que
    pagaran en dólares, mezquinando camas a los propios cubanos. En ese
    punto tronó la ira del comandante en jefe y comenzaron los castigos.

    En rigor, hubo un acontecimiento previo: Hilda Molina aceptó del
    político argentino César Jaroslavsky 10 mil dólares donados en
    agradecimiento por la excelente atención recibida en su instituto, y usó
    ese dinero para repartirlo entre el personal médico más destacado de su
    plantel, lo cual fue considerado inaceptable por las autoridades de la
    isla. Más allá de los argumentos ideológicos de aquella indignación
    oficial, lo que el gobierno no quiso tolerar es que una científica
    independiente dispusiera por sí misma lo que hacer con dinero donado.

    Pero Hilda Molina no se disculpó ni se retractó. Al contrario, aprovechó
    la atención que los corresponsales extranjeros le dispensaban debido a
    su celebridad internacional, para denunciar que los agentes del régimen< br />la hostigaban y la espiaban en su intimidad.

    Luego llegaron las demás denuncias. Una de las más graves es que ni
    Hilda Molina ni su anciana madre recibían atención médica adecuada en
    los hospitales cubanos, por estar en la lista negra de Fidel Castro.

    Entre las oscuras razones que explicarían por qué a Hilda Molina se le
    impide salir de la isla y conocer a sus nietos, a pesar del costo
    político que el caso tiene para la imagen del régimen, una versión
    apunta al temor de que la científica revele al mundo la relación entre
    las estadísticas de abortos en Cuba, con la obtención de una sustancia
    de gran utilidad en neurocirugía, extraída de los fetos y exportada en
    grandes cantidades.

    Como fuere, la lucha de Roberto Quiñones por reencontrarse con su madre
    y hacer que ella conozca a sus nietos, es cristalina. O sea que está
    libre de intencionalidades políticas ocultas. Y si bien el permiso de
    Raúl para que la abuela haya podido venir a la Argentina es un paso en
    diagonal, no pueden caber dudas (y lo certificó el propio doctor
    Quiñones con su agradecimiento) que esa diagonal se proyecta en una
    dirección correcta.
    Link permanente: http://www.mdzol.com/mdz/nota/49677

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