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    Es una lastima: la utopia en AL sigue desarmada de ideas, de alternativas y de proyectos para el futuro, dice Jorge Castaneda a Cronica

    Es una lástima: la utopía en AL sigue desarmada de ideas, de alternativas y de proyectos para el futuro, dice Jorge Castañeda a Crónica
    ( Rubén Cortés )

    Jorge Castañeda enamoraba ayer al mediodía, en un Starbucks de Polanco, a una muchacha de cabellos castaños, suéter negro y jeans azul cielo.
    Estaban sentados a una mesa donde un niño bien peinado, de seis o siete años, sorbía un helado de chocolate. Había una luz bondadosa en la terraza y Castañeda hablaba por teléfono celular a través de un artilugio pegado al oído derecho. Mientras, ella, lo envolvía con una mirada de miel: el color de sus ojos, grandes y expresivos.
    Sin embargo, los reflejos de conquistador de Jorge Castañeda —que son famosos, no sólo en México— deben de andar a la baja porque se le escapó el detalle.
    —Si todo lo que yo quisiera fuera posible, si yo quisiera salir de aquí con esta señora tan guapa… bueno, pero no se puede y entonces me resigno. Ahora, yo acepto que no se puede y me voy con otra si puedo. Pero la que quisiera yo es ella. Hay que ser sensatos, no se puede todo en la vida.—-comentó al terminar la conversación y apagar el aparato.
    Luego hizo un gesto con la mano derecha sobre la cabeza —como para espantar malos recuerdos— y enseñó una sonrisa juvenil, optimista, encantadora: de alguien que parece estar saludable, en plena forma y a quien la vida le produce júbilo.
    Y esa sonrisa lo descubrió: el lamento había sido un ardid… una trampa eficaz de Jorge Castañeda porque, entonces… la muchacha se quedó a escuchar toda la entrevista.
    —Según Ricardo Lagos, ser de izquierda hoy es darle a todo el mundo la posibilidad de ser un Bill Gates. ¿En qué se diferencia del clásico slogan capitalista de “usted también puede tener un Buick”?
    —El presidente Lagos, quien es sumamente culto e inteligente, recurre, como todos los políticos en activo, a frases efectistas que no necesariamente hay que tomar al pie de la letra. Lo que yo entendería por esa puntada es que la desigualdad es hoy en día el tema central de la agenda de la izquierda en América Latina, y de Chile en particular… porque en Chile, todavía no todo el mundo tiene la oportunidad de ser un Bill Gates.
    Es decir, en Chile la desigualdad sigue siendo extraordinariamente elevada, aunque empieza a bajar un poco. Pero, si tomamos en cuenta el impresionante récord económico de Chile y sus enormes reducciones en la pobreza durante los últimos 15 años, vemos que lo que ha logrado en materia de desigualdad es poco: yo así entendería esta puntada de Lagos.
    Es un asunto de desigualdad, hay que crear condiciones de sociedades con una menor desigualdad o con mayor igualdad de oportunidades de ingresos, de patrimonio, de todo, de derechos. Yo así lo entendería.
    —Entonces Lagos representa una izquierda. Sin embargo, Chávez, quien igual es de izquierda, defiende a Sadam Husein, Evo Morales se pelea con un presidente (el de México) aún sin asumir el poder. ¿Cuál de estas dos izquierdas tiene más posibilidades de prevalecer en América Latina?
    —Hay dos izquierdas en América Latina y, en buena medida, esa dualidad se establece a partir de su origen: la que es de un origen socialista, comunista, castrista, radical y que supo reconstruirse justamente por venir de ahí. Y la otra proviene de una trayectoria populista latinoamericana clásica. En la primera está Lagos e, incluso, Lula y muchos otros como Tabaré Vázquez, quienes han ido evolucionando y tienen problemas sobre su izquierda, pues todos tienen un radicalismo hacia su izquierda: el PC en Chile, la parte del PT que rompió con Lula en Brasil. Y hasta la parte del Frente Amplio, que está rompiendo con Tabaré.
    Y está la otra izquierda, que es esa parte populista tipo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Kirchner en Argentina, Ollanta Humala en Perú y Andrés Manuel López Obrador en México: todos vienen del populismo y, como no tienen una agenda interna, cada vez más su “ser de izquierda” se limita —por un lado— a provocar o denunciar a Estados Unidos y —por el otro— a aliarse con La Habana.
    —¿Sólo improvisan?
    —En el aspecto interno sí. En cambio, en el externo no. Ahí sí poseen una agenda: demostrar “ser de izquierda” golpeando a Estados Unidos y aliándose con La Habana: eso sí es una característica común de todos esos.
    —Menciona a López Obrador, ¿Lo inscribe en esa corriente de izquierda improvisada?
    —Absolutamente. López Obrador, por sus antecedentes priistas, es una gente del PRI. Nunca militó en las filas de la izquierda en México cuando los gobiernos priistas perseguían, asesinaban, torturaban y encarcelaban a gente de izquierda en los años setenta. En ese tiempo él era delegado del PRI en Tabasco, repartía dinero del Instituto Nacional Indigenista en la Chontalpa por cuenta del presidente Luis Echeverría. Nunca fue un hombre de izquierda como, por cierto, tampoco Manuel Camacho Solís o Marcelo Ebrard.
    —Y a Cuauhtémoc Cárdenas, ¿en cuál corriente lo incluye?
    —Lo que pasa es que Cuauhtémoc Cárdenas no terminó por configurar una corriente estable dentro de la izquierda. Y la mayor prueba de esto es su marginación actual dentro del PRD, pues a pesar de su prestigio y de su rectitud ha sido —en los hechos— marginado. El nunca se ubicó en esta dualidad de izquierdas que empezó después de su propio auge como político.
    —¿Qué futuro esperaría a México si llega al poder este PRD que ahora gana elecciones y que es el PRD de las tribus de Bejarano, de Lola Padierna, Nueva Tenochtitlan, Panchos Villa…?
    — Lo que le espera es lo que ya le tocó vivir al Distrito Federal durante el gobierno de López Obrador. Y, cómo va a gobernar López Obrador el país si gana la Presidencia, pues como gobernó el DF, endeudando, gastando el dinero que no tiene, sin pensar lo que está haciendo. Yo creo que gobernaría con un gran desprecio por el imperio de la ley y que gobernaría rodeado de priistas corruptos. No creo, en verdad, que haya que complicarse mucho la vida para imaginar cómo gobernaría, pues lo haría como gobernaron sus mentores. Sólo hay que recordar como gobernó Luis Echeverría a México (1970-76) y como gobernó López Obrador el DF (2000-05).
    —¿Qué opina de la fijación, el modo y el tono de los ataques de López Obrador contra dos de las más modernas instituciones del México democrático: el IFE y la Suprema Corte de Justicia?
    —Tengamos en cuenta que tampoco quiso aceptar, por ejemplo, la autonomización —por así decirlo— de la Cofetel, de la Comisión de Competencia, del SAT, del SAR. Y no quiso debido a las mismas razones por las que se opone al IFE y a la Suprema Corte de Justicia: porque no cree en la autonomía de ciertos sectores del Estado porque ello lo ata de manos. López Obrador quiere hacer una revolución, lástima que no quiera presentarse como tal delante de la opinión y del electorado para que todo mundo sepa a qué atenerse.
    —Esta izquierda es la misma de siempre: sólo que ahora quiere llegar al poder gracias a la democracia para después enquistarse. Hay una tesis que plantea que sólo cambió en que cuando dice “globalización” antes decía “imperialismo” y cuando dice “democracia” antes decía revolución. ¿Cierto?
    — Es una tesis de Héctor Aguilar Camín. Y, sí, es uno de los problemas que se detectan muy claramente en la izquierda latinoamericana. Lo traté de describir y analizar en la Utopía Desarmada: la pregunta que yo hacía sobre qué tan profundo era el nuevo compromiso de entonces (la primera edición del libro es de 1993) de la izquierda latinoamericana con la democracia: pues a esa pregunta la respuesta ha sido que el compromiso no es muy profundo que digamos, salvo el caso de Lagos en Chile.
    Por qué, veamos l
    os casos de Chávez, de Evo Morales y muchos otros. Incluso el del PRD en México, cuyo compromiso con la democracia y los derechos humanos parece ser muy estrecho y cuando ese compromiso no es necesario, pues lo abandona.
    Y entonces todo se convierte en la vieja tesis de Lenin: “Y nos van a entregar la cuerda con la que vamos a colgarlos”
    —¿El problema esencial para la izquierda en la democracia son sus dificultades para comprometerse con la legalidad?
    —El tema del Estado de Derecho y de la ley nunca ha sido el fuerte de la izquierda. Pero hay que admitir que tiene algo de razón la izquierda si se refiere a América Latina, donde aparentemente las leyes siempre han favorecido a los ricos y poderosos, nunca a los pobres y débiles. Entonces, mucha gente de izquierda considera que eso es lo propio de las leyes en general y no lo propio de las leyes en América Latina. Y es una posición tradicional —incluso marxista de toda la vida— porque es una teoría según la cual el Estado de Derecho a quien más debe de favorecer es a los débiles y pobres… porque los otros no lo necesitan. Pero cualquier emparejamiento del terreno de juego favorece a los más débiles y pobres.
    El derecho es el arma de los pobres y de los débiles contra los ricos y poderosos: las grandes conquistas obreras en Europa Occidental que crearon el estado asistencial moderno. Esas grandes conquistas se lograron a través de la vigencia del Estado de Derecho, de las luchas obreras en ese contexto para avanzar. El derecho les sirvió a las clases trabajadoras en Europa Occidental y gracias a eso se logró efectivamente lo que tienen hoy…
    —¿Y por qué cree que en América Latina no se puede hacer lo mismo?
    —Se puede, pero es cierto que la concentración del poder y la riqueza en América Latina —desde la Conquista— ha creado una situación de desigualdad descomunal que no ha permitido efectivamente que el derecho funcione como en otras partes. La culpa es de la concentración del poder y de la riqueza.
    —Dicen que la “ola” de gobiernos de izquierda se debe al fracaso de las políticas neoliberales. ¿No se debe en realidad a un lógico movimiento pendular de la democracia y ya después vendrá una “ola” de la derecha o del centro?

    —Hay parte de eso. Muchas de las críticas que se hacen son correctas, con excepción de Chile, cuyo caso es absolutamente paradigmático. Lo que pasa con Chile es que es un país un poco aburrido, no es sexy, no llama la atención, no tiene la mayor gracia. Pero realmente su desempeño es asombroso porque, si sigue así durante cinco o seis años más, se colocaría a punto de salir de la categoría de “país en desarrollo”, de “país subdesarrollado”, de “país atrasado”. Pasaría a ser un país pobre dentro de los ricos, como Grecia, Portugal, Corea del Sur. Chile está a punto de lograr eso.
    De todos modos, es cierto que en los demás países eso no ha resultado y, al no resultar, se genera una reacción contraria a estas políticas y a estas reformas sin preguntarse muchas veces la gente si realmente hay alternativas o si no las hay.
    —¿El gran problema de la izquierda es que no hizo la crítica de lo sucedido: derrumbe del socialismo, caída del Muro de Berlín…?
    — En muchos casos no lo ha hecho. Sobre todo la izquierda más populista. Además de que nunca hubo realmente esa crítica. Se les reclamó a los partidos populistas europeos no haber hecho nunca una verdadera crítica de la Unión Soviética. Lo que pasó fue que, cuando cayó la URSS, pagaron los platos rotos prácticamente sólo los partidos comunistas y prácticamente desaparecieron.
    Y lo mismo sucedió en la izquierda en América Latina y Cuba: se volvió democrática, pero nunca quiso tocar el tema de Cuba, con excepción de los chilenos. Las demás izquierdas: mexicana, venezolana, boliviana, argentina, incluso la brasileña es muy tibia en eso.
    Sin embargo, cuando caiga el régimen cubano y se descubra todo lo que sucedió ahí, como se descubrió en la Unión Soviética, pues esa izquierda latinoamericana que fue pro-cubana hasta el último día, va a tener que rendir muchas cuentas.
    — Sin embargo, ni siquiera Chávez habla de implantar un sistema similar al cubano, pues dice que los dos países tienen condiciones diferentes…
    —Dice eso por resignación. Yo entiendo que en Venezuela no se puede imponer el socialismo cubano de hace 40 años, pero la verdad es que ya está el socialismo del siglo veintiuno… o está muy cerca y tiene a veinte mil tropas, asesores, educadores cubanos en Venezuela.
    Y, en cuanto a México, lo que pasa es que los medios mexicanos no han sido capaces de preguntarle a López Obrador qué piensa de Cuba o de Venezuela. Y no me refiero a si como presidente haría lo mismo aquí, sino a que le pregunten qué piensa de Cuba o de Venezuela. Y que no salga con eso de que “yo respeto”. Para México es útil saber qué piensa de otros países, de otros regímenes, alguien que quiere ser presidente.
    Como también, por ejemplo, a mí me parece terrible que un presidente de México hubiera pensado que la Sudáfrica del apartheid era algo maravilloso.
    — Usted escribió en Newsweek que “más que dar la bienvenida o despreciando el advenimiento de la izquierda en AL, mejor es separar el trigo del desperdicio, el nuevo del viejo o el sensible del responsable. ¿Cómo hacerlo?
    —Identificando las corrientes, los orígenes, las políticas. Hay en este momento un modelo para América Latina y ese modelo es Chile, punto: eso hay que decirlo con toda valentía y claridad. Y hay un antimodelo, que es Cuba.
    El trigo es Chile y el desperdicio es Cuba. Y el trigo, en el caso de Brasil, es más complicado, es intermedio porque Lula ha sido muy responsable, puede haber cometido errores, pero ha sido sensato, responsable, no ha hecho locuras.
    —Entonces ¿la utopía sigue desarmada en América Latina?
    —Sí, y es una lástima que siga desarmada de ideas, desarmada de alternativas, desarmada de proyectos para el futuro.
    — Bueno, pues, al menos que haya suerte acá —le digo a Castañeda— y señalo a la chica, quien no había terminado de escuchar y ya reía, alegre y de nuevo envolvía con su mirada al autor de La vida en rojo.
    —Yo quisiera, pero, pero, pero… no todo se puede en la vida ¿verdad?
    Esbelto, el cabello reluciente y la barba bien cortada, ataviado con un saco casual de color café, camisa blanca a rayas azules y pantalones grises, el ex canciller mexicano no parecía un hombre que acaba de sufrir una de las mayores injusticias en la historia de la política nacional al serle negada la posibilidad de ser candidato ciudadano a la Presidencia.
    Ni siquiera tenía un diario a mano: ayer Jorge Castañeda estaba en paz con todos los demonios.

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